El hombre estelar
#11
LOS DISCÍPULOS
Para que se produzca la realización hermética, no basta encontrar un maestro, sino que es preciso que exista el discípulo, o sea, que el postulante se convierta en un verdadero estudiante de los misterios de la vida. Esto no es fácil, ya que la persona está acostumbrada al concepto tradicional de educación o enseñanza, en el cual basta estudiar con empeño para convertirse en un sabio en la materia.

Se cree entonces, que el mayor o menor avance depende de la cantidad de conocimientos que el sujeto recibirá de su maestro o de la escuela a la cual pertenece. De este modo, si una institución pudiera exhibir un abultado, “programa de estudios herméticos”, o esotéricos, el sujeto se sentiría muy inclinado a pensar que ha encontrado la verdadera senda. Nuevamente, es preciso volver a subrayar la diferencia enorme que existe entre un grupo de estudios y una escuela iniciática.

En el grupo de estudios el individuo está sólo para aprender cosas, que pueden servirle o resultar inútiles; que pueden ser reales o subjetivas. En cualquier caso, el sujeto no obtendrá su salvación (no se liberará del alma colectiva de la especie), pero de todas maneras avanzará en su senda de superación, alcanzando el mérito necesario para continuar su progreso, y tal vez, liberarse en una futura reencarnación.

En la escuela iniciática el discípulo tiene la oportunidad de alcanzar una real evolución, liberándose del alma colectiva del sapiens, y convirtiéndose en un auténtico mutante u hombre estelar. Por esta razón, si alguien ha podido ingresar a una escuela iniciática, necesita una serie de indicaciones y puntos de referencia para poderse orientar en el trabajo que allí se realiza ya que de otro modo se desilusionaría prematuramente al no poder captar el sentido y contenido de las disciplinas e instrucciones.

Tal vez la valla más grande que pueda encontrar el estudiante es el hecho de que no le sirve de nada estudiar la teoría hermética ya que su intelecto no le basta para desvelar los arcanos que se presentan ante él. Por muy inteligente que sea un individuo encontrará que la razón y la lógica no resultan suficientes para conocer la verdad profunda ya que necesita para esto alcanzar un estado de conciencia mucho más elevado, en el cual sus facultades intelectuales alcancen un rendimiento óptimo.

Ya hemos hablado con anterioridad de que el ser humano vive en un permanente estado onírico, interrumpido solamente por pequeños chispazos de conciencia, y que aún cuando pareciera estar despierto durante el día, es un verdadero sonámbulo, con un bajísimo estado de vigilia. Es así como la razón y la lógica del sapiens son los instrumentos intelectuales de la fantasía onírica, hecho muy difícil de advertir, por los obstáculos naturales que presenta la auto observación de fenómenos tan sutiles como lo es el de la conciencia humana. Éste es el motivo por el cual la inteligencia no basta para conocer hechos que ocurren en el mundo de la realidad vigílica.

De esta manera, no puede el estudiante, al comienzo, basarse sólo en el testimonio de su razón. Es preciso que aprenda a pensar con “otro cerebro”; que haga nacer en él, “otra razón”, superior a la común, y esto es lo que solamente puede conseguirse a través de la iniciación real; jamás por lo simbólica. Esta iniciación real se caracteriza porque provoca cambios profundos y concretos en la estructura psicológica del estudiante. Sin embargo, debemos advertir que es éste un proceso doloroso y difícil, que puede llevarse a buen término sólo mediante un esfuerzo sobrehumano del neófito. Explicaremos este tema en forma más detallada en capítulos posteriores.

Por el momento nos limitaremos a describir las condiciones que debe reunir un discípulo, y los obstáculos internos y externos que debe franquear. En términos generales, las escuelas no eligen sus discípulos entre los postulantes más inteligentes, sino de aquéllos que poseen características que los hacen especialmente aptos para enfrentarse al espectro de su propia animalidad, corno efectivamente deben hacerlo. Una buena pauta de selección sería más o menos la siguiente:

Tener oro espiritual (contenido interno)

Carecer de prejuicios o ser capaz de superarlos

Tener conciencia de la propia nadidad

Anhelar la iniciación (el proceso completo) como lo más importante de la vida

Lealtad, dedicación, constancia y fidelidad para con la escuela

Poseer una inteligencia flexible y ágil

Armonizar con la nota fundamental de la escuela

Buena disposición para cumplir con las indicaciones recibidas

Estar, libre de perturbaciones mentales de cierta relevancia.

Podemos apreciar cómo no cuenta mucho la pureza ni el coeficiente intelectual, ni títulos profesionales o posición social. Lo que se busca básicamente es la disposición interior del sujeto y su capacidad de entrega a una tarea hermética que no sólo es para toda esta vida terrestre sino que determina además su existencia futura.

Ninguna verdadera escuela quiere perder el tiempo con personas que “hacen trampas”, es decir, que se engañan a sí mismas al manifestar su anhelo de superación espiritual y su firme determinación de convertirse en seres superiores. Prefieren dedicar su esfuerzo a quienes mantengan efectivamente una línea constante de acción en su trabajo iniciático.

Es preciso aclarar que sólo se llega a ser discípulo después de un tiempo de prueba en la escuela, pero que la persona puede permanecer para siempre como un simple estudiante, sin llegar al discipulado, por no estar las condiciones dadas para esto. Existe un “camino fácil” y un “camino difícil”, que son la senda del estudiante y la del discípulo. Cada una tiene desventajas y privilegios, por lo cual nadie, sin un análisis exhaustivo del asunto puede manifestar que “no se conformaría nunca” si no llega a ser discípulo.

Para explicar estas diferencias, trazaremos un paralelo entre ambas opciones:

Camino fácil del estudiante
Obligaciones: muy pocas. Se refieren especialmente a llevar una vida ceñida a elevados principios morales y espirituales, y a practicar la bondad y la fraternidad. También debe, lógicamente, cumplir con los reglamentos de la institución.

Pruebas que debe pasar: son relativamente simples, y no exige un tremendo esfuerzo el sortearlas con éxito. Logros: dominar y encauzar el carácter y superar complejos, inhibiciones o frustraciones. Aprender a manejar el poder mental a fin de encauzarlo hacia la propia superación, o bien para ayudar a sus semejantes. Conocimiento de los misterios de la vida y de las causas básicas de todo lo que existe. Preparación para una

realización completa en su próxima reencarnación. En síntesis, el estudiante evoluciona en buena medida, pero no llega a la muerte hermética, es decir, no se libera por completo del alma colectiva del sapiens.

Camino difícil del discípulo
Obligaciones: tremendas y muy difíciles de cumplir. El discípulo debe estar dispuesto a renunciar a sí mismo durante un período determinado y hacer un voto de obediencia absoluta a su instructor. Debe estar dispuesto a renunciar a todo, si es que así se lo pidieran.

Pruebas que debe pasar: muy pocos individuos pueden soportarlas. En la novela “Zanoni” se describe una de estas pruebas: el encuentro con el espectro del umbral. Sin embargo, en la vida real esta experiencia es menos espectacular que en la descripción novelada de Edward Bulwer Lytton, pero, bastante más difícil por lo sutil. Lo negativo de la naturaleza (podríamos llamarlo Satán), reacciona en contra del discípulo, a quien se le producen toda clase de reacciones negativas, ya que las potencias de la oscuridad tratan de impedirle su llegada al Olimpo de los Dioses.

Logros que alcanza en caso de triunfar sobre las pruebas: después de llevar a cabo la muerte hermética, se convierte en un mutante u hombre estelar, sujeto que llegó a la cúspide evolutiva como hombre terrestre, y que debe empezar su evolución en un nivel superior. Alcanza la inmortalidad de su esencia por la práctica de la reencarnación consciente, y traspasa el velo del Maya, llegando a la verdad absoluta.

Está más allá del bien y del mal, y por encima de los opuestos, más allá del placer y del dolor; más allá de la felicidad y la desgracia; más allá de la vida y de la muerte. Éstas no son realizaciones simbólicas, sino absolutamente reales y verídicas. Sin embargo, aquí es donde se suscita una serie de interrogantes por parte del neófito, quien cree que se trata de convertir al iniciado en un “superhombre”, en un ser invencible e indestructible que no puede enfermarse ni morir, y que no necesita comer ni realizar sus funciones biológicas normales.

Muchos se preguntan, por ejemplo, por qué Cagliostro murió en prisión, deduciendo de esto, y de los incontables azares de su vida, que no era un verdadero iniciado. Por nuestra parte aceptamos a Cagliostro y al conde de Saint German como dos de los más grandes maestros hermetistas que han existido, y negamos, al mismo tiempo, la pretendida muerte de Cagliostro en prisión, la que si hubiera sido genuina, no restaría, por lo demás, ningún brillo al gran copto.

Las apariencias generales engañan, y los maestros de la talla de un Cagliostro, se cuidan muy bien de revelar sus verdaderos propósitos, a fin de no sufrir las reacciones negativas de la bestia humana. No obstante, en este caso, podemos aplicar el dicho popular que “quien se acuesta con niños amanece mojado”, es decir, que quien interviene en los asuntos del mundo para salvar al homo sapiens de situaciones inconvenientes, o para facilitar o mejorar sus condiciones de vida, termina por ser crucificado por los mismos a quienes trató de ayudar.

Prosiguiendo con el falso concepto del “Superhombre”, queremos pedirle al lector que imagine qué es lo que sentiría si él fuera “Clark Kent”, el “Superman” de la historieta americana, el hombre que llegó de “Krypton”. A primera vista, sería algo muy deseable, pero basta reflexionar un poco para comprender el terrible castigo que significaría ser físicamente inmortal e indestructible, a prueba de enfermedades y peligros, inmune, a cualquier ataque, inerte ante los requerimientos del corazón o del sexo, invariable e inflexiblemente virtuoso y perfecto.

Si existiera tal sujeto, sería en verdad un engendro del demonio, un robot mecánico, un ser absolutamente inhumano e infeliz, digno de la mayor lástima. Debemos recordar que aprendemos de nuestros fracasos y no de nuestros triunfos, y que apreciamos las cosas sólo cuando sabemos que podemos perderlas, y que la sal de la vida es el desconocimiento de aquello que nos depara el futuro, y el constante, enfrentamiento al peligro de perder todo lo que tenemos o no alcanzar lo que deseamos. Tenerlo todo y no perder nunca, sería insoportable e inhumano.

Los grandes maestros hermetistas no están libres del peligro de la enfermedad o la muerte, y eso es precisamente lo más hermoso, sublime, y humano de su existencia; el hecho de que siendo tan poderosos al luchar por otros, sean tan reticentes en emplear su fuerza espiritual para su propio beneficio. Sabemos que Jesús no quiso salvarse a sí mismo cuando enfrentaba la amenaza de la crucifixión, pero esto no quiere decir, de ningún modo, que fuera un impostor, sino al contrario, que aceptaba con resignación y mansedumbre la terrible prueba que le imponía su Padre Universal.

El gran cabalista Eliphas Levi decía que,

“aquellos hombres (los grandes iniciados), encontraban preferible gobernar a los reyes que ser reyes ellos mismos”.

¿Es posible entender esto? No es difícil entender que un hombre verdaderamente importante prefiera pasar inadvertido en la vida, ocupando una posición de segunda o tercera categoría, huyendo de la fama, la riqueza, y los honores que inmortalizan el genio humano.

El postulante a la iniciación debe elegir el camino fácil o difícil, pero hacerlo de una manera imparcial y concienzuda, y considerando que si elige la senda del estudiante, puede en el futuro, ser discípulo, pero que si trata de convertirse en discípulo prematuramente, el fracaso puede ser tan estruendoso o doloroso, que lo traumatice de modo irreversible, debiendo, en ese caso, esperar una nueva oportunidad en una próxima reencarnación.

Sea cual fuere la elección, el sujeto se enfrenta a barreras internas que debe conocer para tener una noción clara de qué es lo que le ocurre en un momento determinado. Estas vallas, son, entre otras, las siguientes: vanidad, orgullo, egoísmo, y suficiencia.

Cuando el individuo tiene una autoestima muy elevada, ésta se constituye en la principal barrera para contemplar la verdad hermética, sin prejuicios; cree saberlo todo y “estar por encima de esas supercherías”.

Por supuesto que emplea esta calificación u otra parecida, solamente por la ignorancia que tiene con respecto al tema, ya que con toda seguridad, jamás antes ha estado en una escuela iniciática hermética, y sin haber vivido esta experiencia, puede opinar. Hay otros cuyo contacto con una escuela no ha sido feliz, y que se han sentido profundamente heridos en su amor propio por no haber podido superar las pruebas que se le han puesto en su camino. Desgarrados por este sentimiento, y con el fin de poner a salvo su preciosa autoestima, descalifican la enseñanza y la, escuela, argumentando, por algún motivo (que siempre encontrarán) que es deficiente, inútil o perniciosa.

Volviendo a los cuatro obstáculos principales a los que se enfrenta el postulante a la iniciación, es necesario decir que vanidad, no es solamente el narcisismo del individuo, sino que se refiere también a su conocimiento vano, es decir, a lo que no tiene un contenido ni un significado verdaderamente esencial, profundo y trascendente. La vanidad y la autoestima exigen a la persona que presuma constantemente ante los demás de un poder, importancia o inteligencia de la cual seguramente carece.

El orgullo, es un intento infantil de combatir la propia debilidad aparentando una fuerza que no se tiene. El egoísmo, inclina al individuo a convertirse en centro del Universo, pretendiendo que todo gire en torno de él. La suficiencia, por otra parte, es solamente la ignorancia de cuanto falta por conocer. En resumen, estos defectos hacen que el hombre exagere su propia importancia, y se sienta superior al común de los mortales, menospreciando a quien no esté por encima de él en cuanto a situación económica, posición social o instrucción universitaria.

Solamente la experiencia del diario vivir lo convencerá, con el paso del tiempo, de que no es tan privilegiado como creía serlo. El verdadero daño que esta situación produce a las posibilidades de evolución hermética del individuo, consiste en su rechazo inconsciente a lo que escucha, cuando esto no proviene de personas con una imagen, un prestigio o una fama mayor que la propia.

En realidad no existe ninguna posibilidad de que el postulante tenga una auténtica confrontación de su inteligencia con el hermetismo mientras no viva una experiencia esotérica que Gurdjieff describió como “la experiencia de la propia nadidad”, lo cual, en el fondo, es llegar a reconocer la propia impotencia de escaparse de las condiciones generales que rigen la vida de uno mismo. Significa darse cuenta que no es posible realizar lo que uno quiere, ya que las cosas ocurren de manera diferente a nuestro deseo, o simplemente no ocurren, y que además, suceden acontecimientos no deseables.

Más propio sería manifestar que aquello que Gurdjieff llamó “la propia nadidad”, es en verdad, el darse cuenta de manera práctica y cabal, que uno mismo está absolutamente programado, física, instintiva, emocional e intelectualmente, y que resulta imposible romper el programa, ya que éste no puede destruirse o modificarse a sí mismo en su estructura básica y profunda. Es así, que mientras más grande e importante sea la imagen que un hombre tenga de sí mismo, menos probable será que pueda comprender de buenas a primeras, la filosofía hermética.

El programa rechaza el hermetismo, porque éste no está incorporado a los valores comunitarios culturales, y si lo estuviera, la gente lo aceptaría ciegamente, pero esto no tendría ningún valor, ya que no pasarían, en su conocimiento, de la imitación y superstición. En buenas cuentas, es preciso reconocer, de manera genuina y vital, la propia pequeñez e insignificancia, para poder acercarse a los primeros pasos iniciáticos, ya que de otro modo, no sería el individuo mismo quien se constituiría en estudiante o discípulo, sino que esto ocurriría con el “falso ser”; “la máscara” o “persona”, es decir, la personalidad.

Herméticamente, sostenemos que la personalidad y el programa constituyen algo similar y que mientras el estudiante no consiga elevarse por encima de su propia personalidad, no logrará entrar en contacto con su ser real, ni menos llegar a conocer la verdad. “Personalidad”, tiene para el hermetista un sentido casi “diabólico”, ya que es el mecanismo que mantiene dormido y prisionero al verdadero Yo esencial.

Al comienzo de su iniciación, el estudiante debe tratar de trascender su programación cerebral, aún cuando sea por pocos minutos, ya que esto le permitirá, en cierta medida, “verse a sí mismo”. A fin de trascender su programa, debe esforzarse en ser lo más impersonal posible, dejando de lado todo concepto o idea previa, tal como si él mismo fuera una inteligencia viviente que se desplaza por el Universo, pero sin tener un cuerpo físico. Impersonalidad, involucra imparcialidad, paz, ausencia de temor, y carencia de fe y “anti-fe”. No hay nada más perjudicial que aquellos neófitos que llegan poseídos de una “santa fe”, o de quienes son dominados por una ciega “anti-fe”. Ni uno ni otro podrán efectuar una aproximación verdaderamente inteligente al hermetismo.

Resulta necesario insistir en que el neófito debe comprender cabalmente que si él llega a una escuela, no es para que le enseñen cosas, ya que no es esa la función de las escuelas iniciáticas, por cuanto el hermetismo es una ciencia prohibida al homo sapiens. Se le admite solamente para darle la oportunidad de demostrar la valía de su contenido interno, es decir, la potencia de su fuerza espiritual latente, ya que si ésta no existe, o es demasiado escasa, el sujeto está muy cerca del animal, haciéndose imposible el salto que pretende dar, por la inmensidad del abismo que existe entre los polos opuestos: animal y hombre.

En efecto, la fuerza espiritual indica la magnitud del distanciamiento conseguido por una persona con respecto al animal. Al neófito se le coloca en condiciones vitales muy especiales, y se le proporcionan herramientas para que pueda elevar su estado de conciencia y tener acceso al conocimiento.

El conocimiento está en la escuela, pero no se entrega en la misma forma en que se enseña una ciencia, una disciplina o una técnica cualquiera; es el discípulo quien debe apoderarse de este conocimiento básico, el cual está siempre encubierto. Es por esto que es preciso “tener ojos para ver y oídos para escuchar”. Esta apropiación del conocimiento sólo será posible si el estudiante en un supremo esfuerzo de conciencia, penetra el velo de las alegorías, parábolas, comparaciones, y símiles.

Se trata precisamente de que solamente los que son guiados por su espíritu o Yo esencial lleguen a conocer la verdad. Los que estén motivados sólo por la curiosidad, el egoísmo o intereses puramente pasionales, no pueden llegar a la luz de la verdad, lo cual es una suerte, ya que no habría mayor maldición que un hombre o mujer, estelar villano, inmoral o irresponsable, lo que por cierto, no puede ocurrir.

Cuando un ejemplar sapiens demuestra su valor interno, se considera que es digno de ser ayudado, con el fin de prepararlo para su ulterior y proyectada mutación. Gradualmente, la ciencia hermética dejará de ser un conocimiento prohibido para él, ya que se ha hecho merecedor al alto honor de conocer la ciencia Universal.

En resumen, el conocimiento hermético es sólo para una pequeña élite, pero cualquiera que tenga una profunda motivación derivada de una auténtica inquietud espiritual, puede llegar a formar parte de la élite. Por lo demás, el vulgo no desea ni quiere el conocimiento, por el contrario, lo menosprecia, confirmando las palabras de Jesús: “no arrojéis perlas a los cerdos”.

Existen muchos que nacieron cerdos, están felices de serlo y morirán cerdos.

Es casi seguro que este secreto hermético chocará a muchas personas, quienes desearían que estos conocimientos se impartieran libremente, y que ven en su prohibición, un signo de egoísmo o debilidad. Quienes así piensen, debieran observar la naturaleza, donde abundancia y mediocridad son sinónimos, ya que los organismos superiores son escasos y se manifiestan sólo excepcionalmente después de un riguroso proceso de elección ya que constituyen la “élite” de la especie.

Aun cuando el neófito no llega a una escuela iniciática “para que le enseñen cosas”, como ya lo hemos señalado, debe asistir a charlas o clases de instrucción. ¿Cómo entender entonces esta paradoja? En verdad es muy simple: las instrucciones no están destinadas a enseñar, sino a destruir en cierta medida el programa cerebral del discípulo, para que así, él mismo vaya concibiendo su propio conocimiento por un proceso de iluminación interior. Las charlas no son para memorizarlas o “aprenderlas”, sino que constituyen el fermento espiritual e intelectual para las profundas transformaciones que deben producirse en el estudiante.

Sin embargo, para que estos cambios se hagan efectivos, es preciso saber escuchar, con el fin de hacer llegar a la razón, en forma íntegra todo lo que se recibe en las instrucciones, ya que el sapiens, usualmente, entiende solamente lo que le conviene, y rechaza aquello que está en pugna con su autoestima, sus pasiones inferiores o intereses personales.

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#12
LA INICIACIÓN REAL
La iniciación real, que es la única auténtica, es siempre un proceso profundo, concreto, objetivo y material. Es la valla que nunca atraviesan los que mariposean de escuela en escuela, y los que no quieren desprenderse de esta individualidad animal; es el camino donde nunca llegarán los iniciados teóricos, los maestros de lo simbólico, los magos de escritorio, los ratones de biblioteca, los cruzados del intelectualismo y la retórica, los pagados de sí mismo, los cobardes y los adoradores de la cultura onírica y defensores de la mediocridad humana.

Muchos hombres famosos han usado el nombre de iniciados, pero sólo una escasa minoría ha llegado a la realización iniciática, superando los límites de una teoría generalmente espuria o desacertada. Es así como reconocemos en Gurdjieff a uno de los grandes maestros de este siglo, quien desgraciadamente no dejó un heredero hermético, seguramente por no considerar a nadie capacitado debidamente para esto. Lo mismo ocurrió con Madame Blavatski cuyo fallecimiento marcó el comienzo de la disolución de la sociedad teosófica.

Uno de los grandes errores que cometen los aficionados a las cuestiones ocultas o esotéricas, es considerar la iniciación sólo como un conjunto de prácticas, conocimientos o ceremonias, ignorando su carácter trascendental, cósmico, místico, divino y eterno, ya que representa, en verdad, un acto tremendamente significativo desde el punto de vista de la verdad universal, como es la transformación del “animal sapiens” en “hombre estelar”.

Tan inmenso logro, en que la realidad supera los más descabellados sueños del sapiens, no puede encararse con el ánimo festivo o ligero de quien emprende una aventura más o menos interesante, sino que es preciso evaluarlo en toda su enorme dimensión, como la más noble y elevada empresa que el coraje humano pueda emprender: el abandono consciente de la especie homo sapiens para unirse a una especie inmensamente superior desde el punto de vista evolutivo: el hombre estelar.

En la historia de la humanidad, no ha existido ni existirá jamás una gesta que pueda igualar en importancia a esta epopeya de la elevación espiritual del homo sapiens. A pesar de esto, mucha gente habla de convertirse en “iniciado” como quien proyecta llegar a ser médico, ingeniero, técnico electrónico, miembro del Rotary Club o aficionado al estudio del yoga o la parasicología. Es preciso considerar que por mucho que el sujeto aprenda sobre teorías o doctrinas esotéricas, si no ha pasado por la muerte hermética en forma real y no simbólica, jamás será un verdadero iniciado.

En verdad, iniciación es renunciamiento y cirugía del alma. No se crea sin embargo, que esta renunciación de la cual hablamos se refiere simplemente a prácticas ascéticas tales como abstenerse de determinadas cosas, sino que implica el sacrificio absoluto de la individualidad animal. El egoísmo animal debe desaparecer para dar paso a la impersonalidad espiritual. Es preciso renunciar a los placeres de la bestia humana, para reemplazarlos por los placeres del iniciado, el cual, habiendo obtenido un perfecto equilibrio, satisface en iguales proporciones su hambre animal y espiritual.

Las personas vulgares tienen como única meta la satisfacción de sus apetitos animales, y su esfuerzo productivo va destinado, principalmente, a comprar el oro que les permitirá adueñarse del placer y los bienes materiales. Debido a esto, su centro de gravedad está localizado en su masa corporal. Es el cuerpo quien utiliza al cerebro, inspira las emociones, y provoca las pasiones.

El cuerpo es el amo, y el sujeto mismo, el esclavo. Cuando la materia corporal decae y muere, el individuo se encuentra repentinamente liberado de su esclavitud, y comprende por primera vez, sin beneficio alguno, que jamás tuvo vida, pensamiento, sentimiento, ni experiencias propias, y que fue sólo un mero sirviente que debió laborar para alimentar y satisfacer las necesidades de una masa de protoplasma. Aquella vida que debió servirle para evolucionar, ser feliz, y progresar, sólo derivó en el recuerdo de las cosas que realizó o no pudo hacer.

Ciertamente, el cuerpo no es el individuo éste toma un cuerpo físico con el fin de adquirir experiencia que le permita perfeccionarse a sí mismo y evolucionar, propósito que se ve generalmente frustrado o que resulta de una insuficiencia y pequeñez aterradora. En el recuento final de su vida, el sujeto advertirá lo poco que logró de la existencia para su propio peculio, y lo mucho que se vio obligado a dar para que el circo del sapiens continuara funcionando.

El iniciado cambia toda esta situación, pero lejos de despreciar el cuerpo, como lo hacen algunos pseudomísticos, lo fortalece, dándole además, conciencia e inteligencia con el fin de humanizar a la bestia. Este animal, espiritualizado y humanizado, deja de sentir estados pasionales, ya que está sujeto a la conciencia superior del individuo. Sin embargo, es preciso convenir que el cuerpo en sí mismo no tiene nada de malo o sucio, por el contrario, es una estructura biológica perfecta donde se aprecia la mano maestra del Gran Creador.

Es el sujeto mismo quien pervierte al cuerpo y lo lleva a la corrupción. Es así como los animales que podemos observar en estado salvaje, son completamente puros en su naturaleza animal; no conocen la perversidad. Si matan, lo hacen impulsados por el temor o la necesidad de alimentarse, pero no por gusto de matar. El sapiens es el único animal sanguinario e impuro, ya que no es ni animal ni humano, sino un híbrido.

Podríamos sintetizar el propósito de la iniciación en una corta frase: “iniciación es convertir un animal programado en un hombre estelar desprogramado y libre”. Para realizar esto, existe un solo camino, por mucho que pueda hablarse al respecto, y esto es, la destrucción de la personalidad, considerando ésta como el programa del individuo. Herméticamente hablando, podemos considerar que el sapiens está compuesto por dos fuerzas básicas: su programa biológico cerebral (personalidad), y su espíritu o chispa divina, al cual podemos llamar Yo superior.

El programa contiene en sí mismo todos los elementos robóticos del individuo, los cuales lo conectan al computador central de la especie. El espíritu, es la emanación de Dios, o causa primordial de la vida, y encarna en un cuerpo físico para tomar experiencia en la materia. Durante el proceso iniciático el estudiante debe experimentar la muerte del programa, lo cual, por cierto, es un proceso gradual.

Sin embargo, no se piense que esto se refiere a una mera destrucción, sino más bien al hecho de que el programa se disuelve, por ser absorbido y transformado por el Yo superior, etapa en la cual el programa pierde su calidad de tal, y queda convertido solamente en un conjunto de datos e informaciones que deben pasar a través del filtro del juicio interno. Es aquí donde pierde su poder compulsivo y onírico, y donde experimenta una profunda “poda” y transformación. Todo esto, sólo es posible si se cumplen ciertos requisitos que se refieren básicamente a la dedicación y empeño del discípulo, unidos a una profunda comprensión y estrecha unión con la escuela y el instructor.

Para poder concebir esto, es preciso tener una idea de la constitución del ser humano, en lo que se refiere a su espíritu, su cuerpo y su alma. Esta última ha constituido siempre una abstracción y un misterio, y todo intento de definirla o explicarla se ha destacado por su vaguedad y falta de contenido. La tradición hermética nos dice que el alma del sapiens está compuesta por los cuatro grandes aparatos: el aparato procreador, el digestivo, el circulatorio y el respiratorio, y que cada uno de ellos está a cargo de una inteligencia elemental que corresponde a uno de los cuatro elementos.

Sistema procreador: fuego Sistema digestivo: tierra Sistema circulatorio: agua Sistema respiratorio: aire.

El gran Hermes Trismegisto, maestro de maestros, se escandalizaría al ver expuesto sin velos el misterio de la esfinge. En aquella época, este conocimiento se entregaba solamente después de haber vencido muchas pruebas y de haber escalado ciertos grados. Los antiguos alquimistas sostenían que todo en el Universo estaba compuesto en forma básica por cuatro elementos, lo cual es una de las grandes verdades herméticas. Dios también está compuesto por los cuatro elementos, y es así como a través de su parte femenina (naturaleza), otorga al sapiens, al nacer, cuatro inteligencias virginales que se corresponden con los cuatro elementos.

Es preciso entender que al hablar de “inteligencias” nos referimos a “seres elementales”, con inteligencia propia, y conciencia acorde a su elemento nativo. Un ser del fuego se hace cargo de nuestro aparato procreador; uno de la tierra de nuestro sistema digestivo; uno del agua de nuestro sistema circulatorio, y uno del aire, de nuestra respiración. El iniciado puede ponerse en contacto mental con estas inteligencias, con el fin de reforzar, apoyar o modificar su trabajo.

Con el fin de que ningún lector se forme ideas fantásticas con respecto a las inteligencias de nuestros cuatro sistemas, debemos aclarar que no procede imaginarlas con figura humana, sino bajo el concepto abstracto de “emanaciones inteligentes del alma de cada elemento”. Tal como Dios se desdobla en el hombre a través de la emanación de su chispa divina, la naturaleza se proyecta también en su parte femenina incorporando al ser humano “la chispa elemental de sus cuatro reinos”. El hombre está formado, de esta manera, por una parte visible e invisible.

Lo visible corresponde a lo femenino de Dios, es decir, el alma, y lo invisible, a lo masculino de Dios, o sea el espíritu.

El Universo es análogo a este ejemplo que acabamos de dar, ya que todo el cuerpo que podemos ver en la forma y estructura del Cosmos, es lo femenino del Gran Creador (La Madre Universal). Por el contrario, el Gran Padre, es la esencia masculina que constituye el núcleo vital, y que permanece invisible.

La inocencia de una criatura de escasa edad, se debe no sólo al hecho de que no conoce todavía la realidad del mundo, sino en especial, a la pureza virginal de su alma, o sea, el conjunto de sus cuatro inteligencias. Al crecer el infante, él mismo va corrompiendo a sus inteligencias elementales, al tratar, por imitación y contagio, de practicar los mismos vicios y malos hábitos que observa a su alrededor.

El gran Freud, al convertir la líbido en el origen de todos los problemas del individuo, se limitó a tratar la parte fuego del alma del sujeto (con gran perspicacia, ya que el fuego es el origen de la vida) dejando intactos los otros tres focos vitales. Cuando el niño fuma por primera vez, encuentra el cigarrillo muy malo, y el humo le produce tos, mareos, y dolor de cabeza.

Esto se debe a que la inteligencia del aparato respiratorio reacciona en contra de esta “agresión”, y manifiesta de este modo su rechazo. No obstante, su misión consiste en servir al individuo, y si éste, con un esfuerzo de voluntad, continúa fumando, llega el momento en que la inteligencia del aire cede, y acepta el tabaco, lo que constituye también su propia perdición, ya que al igual que una persona, se envicia, y se convierte en adicta a la nicotina.

La histeria, la autocompasión, los estados depresivos, y todos los problemas emocionales en general, se encuentran radicados en el sistema circulatorio. La rapacidad, el egoísmo, la violencia, el odio, la envidia, los celos, residen en el sistema digestivo, y los complejos en general, en el sistema procreador. Es así como la conducta del individuo ensucia y corrompe a sus cuatro inteligencias, degradando así su propia alma y alejándose de sus posibilidades de evolución espiritual.

Analizando el simbolismo de los cuatro grandes sistemas, descubriremos la clara relación que existe entre la imagen de Cristo crucificado y el Yo superior encadenado a las cuatro inteligencias, cada una de las cuales representa uno de los extremos de la cruz. Recordemos las palabras: “Yo soy el camino”, las que debemos entender de un modo literal, ya que se refieren precisamente al Yo superior.

Si pretendiéramos describir la iniciación por medio de una parábola, diríamos que se trata de “descrucificar a Cristo”. Para esto existe una sola vía, ya que si meditamos en la situación del individuo, llegaremos a la conclusión de que no es mucho lo que puede hacer, ya que está programado, y de acuerdo a los intereses del computador central, mal puede combatir aquello que se manifiesta dentro de él mismo como parte de sus instintos, emociones y pensamientos.

Su única posibilidad reside en los chispazos de conciencia que se originan en los momentos en que por algún motivo se debilita el programa. En ese instante el sujeto puede comprender claramente que existe una vida superior a la que él mismo lleva, y que al adherirse al camino que le muestra su instructor, puede llegar a evolucionar.

Es así como al comienzo de su camino el estudiante debe limitarse a realizar prácticas ascéticas que signifiquen un sacrificio y considerable esfuerzo. Se trata de agregar un sexto Yo al conjunto de sistemas, y transformar el cuaternario en septenario. Para estos efectos, llamaremos al sexto yo, “Yo volitivo”, y nuestro esquema de la constitución del individuo quedará del siguiente modo:

1. Sistema procreador
Fuego
Yo ígneo

2. Sistema digestivo
Tierra
Yo terrestre

3. Sistema circulatorio
Agua
Yo acuoso

4. Sistema respiratorio
Aires
Yo aéreo

5. Sistema cerebro-espinal
Éter
Yo etérico

6. Sistema volitivo
Astral
Yo volitivo

7. El individuo mismo
Espíritu
Yo superior


El común de las personas “funciona” solamente con los cuatro primeros números, los que en conjunto forman un “infracerebro”, mediante el cual, el sujeto se desenvuelve habitualmente, las personas un poco más elevadas, en lo que a su capacidad conceptual e intelectual se refiere, actúan en parte con el número cinco, pero sólo con una fracción de su capacidad. Las capacidades y poderes de la médula espinal no son empleadas ni conocidas por el vulgo.

Cabe hacer notar que el sistema sexto, o Yo volitivo, es totalmente desconocido en el sapiens, quien carece de él en forma absoluta. Por el contrario, todas las personas tienen el número séptimo, pero este Yo superior no se manifiesta ni interviene para nada en la vida del sujeto, ya que vive, por decirlo así, en el “limbo”, y mantiene sólo un delgado hilo de conexión con la estructura corporal.

Resulta muy importante considerar el hecho de que el Yo volitivo es el único creado por el hombre, al convertirse en un verdadero iniciado, ya que todos los demás sistemas son obra de Dios, el gran creador.

Simbolizaremos en varios esquemas las diferentes condiciones en que puede manifestarse el ser humano:

El bosquejo número cuatro representa al iniciado, que al crear su Yo volitivo por medio del arcano de la teurgia, lo convierte en un ser divino, con los atributos que él mismo quiere impartirle. El Yo volitivo es, entonces, verdaderamente, el iniciado, quien se convierte en mediador entre el espíritu y el Yo psicológico.

En condiciones normales, el individuo no puede elevarse hasta la divinidad, ni tampoco consigue que ésta descienda hacia él, pero mediante su Yo volitivo (el que participa de ambos mundos; lo físico y lo espiritual) consigue ponerse en contacto, en el momento que lo desee, con su propio espíritu, chispa divina, o Yo superior. Sin embargo, para que esto ocurra, el discípulo debe haber dominado y educado sus cuatro inteligencias, poniéndolas bajo el control absoluto del Yo volitivo. Por cierto que esto debe ir precedido del nacimiento, crecimiento, y madurez del Yo volitivo.

Los primeros pasos para formar el Yo volitivo deben darse por el camino de los sacrificios. El sujeto debe realizar esfuerzos intensos, más allá de lo común, y sacrificios especiales, los cuales tengan por objeto la formación de una fuerza volitiva y la propia superación espiritual.

Lo que importa en esto es el móvil o propósito que existe detrás de esta disciplina, ya que sí una persona hiciera lo mismo impulsada por su ambición u obligada por el deber, de ninguna manera llevaría ésta a la formación de su Yo volitivo, ya que habría actuado bajo una fuerte compulsión, es decir, por una fuerza ajena a sí mismo (necesidad o pasión). Conjuntamente con esto, el estudiante debe tener perfectamente claro qué es lo que está haciendo y cuál es el propósito que persigue, para que el ente que se está formando, tenga el mayor grado de conciencia e inteligencia.

Para esto, resulta muy útil mirarse en un espejo especialmente destinado para este efecto, haciéndolo directamente al entrecejo, y después de un rato, repetir suavemente varias veces: Yo soy voluntad. El éxito de este ejercicio depende exclusivamente del estado emocional en el cual el individuo se coloque durante el ejercicio, y de la manera en que pronuncie y “vibre” emocionalmente con las palabras Yo soy.

Al pronunciarlas, lo cual debe hacerse con gran énfasis, el estudiante debe sentir “algo” internamente, en la forma de una emoción singular ante el encuentro o contemplación de una presencia interior sublime. Si no se dan estas condiciones; si el ejercicio se hace maquinalmente, no producirá ningún efecto.

Después de algún tiempo que el individuo lleva formando su Yo volitivo, empezará a notar interesantes cambios, observando que se ha formado una fuerza centrípeta que empieza a constituirse en la fuerza directriz del complejo humano. Lo que se pretende en realidad, es que el Yo volitivo se constituya en el rey supremo del microcosmos, teniendo por encima de él sólo al Yo superior.

Cuando se observe que el Yo volitivo ha adquirido cierto poder, el estudiante puede pasar al próximo paso, que consiste en tratar de despertar, liberándose de la fuerza onírica universal. En esto, como en todo lo que se refiere al hermetismo, es preciso llegar a una comprensión profunda parar tener absolutamente claro el motivo o propósito por el cual uno hace determinadas cosas.

Recomendamos al lector el estudio de algún buen libro científico sobre hipnosis, para que comprenda la similitud entre el sueño hipnótico y el sueño sonambúlico en que se encuentra normalmente el sapiens. Los trabajos del profesor Anatol Milechnin, por ejemplo resultan de extraordinaria utilidad para vislumbrar el misterio del sueño al relacionarlos con lo que se enseña en la presente obra.

Existen cuatro puntos básicos que el discípulo debe tener presente para “romper” el fenómeno del sueño, los cuales no constituyen una técnica del despertar, sino que normas de conducta que es preciso adoptar, las cuales favorecen el despertar. Son la siguientes:

Dejar de mentir

Dejar de soñar

Aprender a pensar

Vivir en el momento presente

Activar el cuerpo físico

Punto uno: dejar de mentir.

El punto uno y dos están estrechamente relacionados, como lo veremos en seguida. Empezando por el problema de la mentira, es preciso que el estudiante llegue a darse cuenta de que miente constantemente, casi sin darse cuenta. Cuando una persona ha mentido por mucho tiempo, llega el momento en que se olvida dónde está lo falso y dónde lo verdadero.

Las personas se convencen a sí mismas de sus propias mentiras, convirtiéndose en víctimas de sus propias invenciones, ya que empiezan a guiar su vida por pautas, normas de conducta, ideas, sentimientos e instintos, que no corresponden a su realidad interior. Lo verdaderamente grave de este asunto, es que el individuo pierde todo punto de referencia en relación a la verdad y la mentira, y se acostumbra a considerar verdadero, solamente aquello que conviene a sus intereses personales, y falso, todo lo que se opone a su autoestima, o que entra en pugna con prejuicios ya establecidos.

La persona miente para no enfrentar problemas penosos, para eludir responsabilidades o para no verse herida en su autoestima. Es así como el sujeto se miente constantemente a sí mismo y a la gente, y se va enredando en un mundo ilusorio que ha nacido de su fantasía personal. De esta manera se van formando conceptos, ideas, juicios, aversiones, y simpatías, que no guardan ninguna relación con hechos reales, sino que son el reflejo de una vida entera de mentir y escuchar mentiras, ya que todos mienten.

Uno de los motivos más poderosos para mentir, es el presentar una buena imagen de sí mismo, y evitar que los demás nos vean como realmente somos, bajo la máscara de la apariencia. Cada máscara es una mentira, y existen miles de ellas en el repertorio de disfraces de cada individuo. Es preciso tomar conciencia de este fenómeno de la mentira, y darse cuenta de la magnitud y frecuencia de él, y del enorme daño que produce. Hay que hacerse el propósito de no mentirse a sí mismo ni a los demás o por lo menos, hacerlo conscientemente en caso de que alguien deba contar una mentira piadosa, lo cual debe juzgarlo cada uno en su propia conciencia moral.

Punto dos: dejar de soñar.

La gente siempre está impregnada de toda clase de ideas fantásticas sobre sí mismo, el mundo, las personas, el amor, la sociedad, el idealismo, etc. Llevado por su afán de eludir una realidad que no le agrada el hombre echa a volar su imaginación y está dispuesto a creer en la primera mentira agradable que encuentre en su camino.

El sujeto proyecta sus ilusiones personales sobre una realidad fría e inmutable, y engañándose a sí mismo, se esfuerza en contemplar la realidad a través del filtro de su ilusión. “Desilusionarse” es un proceso doloroso y que puede ser bastante largo, de acuerdo al tiempo que se demora el individuo en darse cuenta de que vive una ficción, y que ésta es producto de sus sueños internos.

Exige gran valor enfrentarse a la realidad destrozando el espejismo de un sueño agradable. Sin embargo, hay que considerar, por otra parte, que los sueños, tarde o temprano se acaban, Lo pernicioso para el ser humano, es que son sustituidos por otros, que a su debido tiempo dejan también de existir. Esto constituye la historia de la vida del ser humano: una sucesión onírica.

Éste es un círculo vicioso, bastante difícil de quebrar, ya que el despertar de un sueño roto, y la consiguiente frustración que esto acarrea, incitan a la persona a fabricarse nuevos y más agradables sueños para poder combatir la desilusión, la soledad y el desengaño. La incomunicación de los seres humanos proviene de que sus sueños son todos diferentes, y que por lo tanto, viven psicológicamente hablando, en mundos apartes.

Si una persona se pone seriamente a investigar los móviles de sus actos y reacciones diversas, se dará cuenta de cómo, básicamente, su conducta está dirigida a la mantención de sus fantasías personales. Se necesita un gran valor, disciplina y determinación para afrontar la verdad cara a cara, sin aderezos de ninguna especie, audacia de la cual carece la inmensa mayoría de los seres humanos.

Resulta patético cómo la gente se aferra a sus pequeñas ilusiones, generalmente producidas por su fantasía onírica, desdeñando en cambio, todo aquello que realmente vale la pena. La sociedad está organizada de esta forma, su escala de valores está tan alterada que califica como lo más deseable todo aquello que permita al individuo disfrutar de placeres pasajeros, es decir, condena a sus integrantes al sufrimiento “eterno” a cambio de obtener el placer fugaz.

El hermetista procede a la inversa: se somete a un sufrimiento, autodisciplina y privaciones voluntarias con el objeto de alcanzar la paz y la felicidad eterna. Cada uno debe juzgar en conciencia qué puede ser más deseable, y por otro lado, apreciar si el que busca el placer del momento es feliz verdaderamente, o en realidad, profundamente desgraciado en su vaciedad interna.

La mayor parte de la gente tiene la filosofía que dice que “después de esta vida no hay otra; hay que aprovechar y gozar lo más posible”. Los que han convertido esta sentencia en su divisa personal deben preguntarse si están realmente satisfechos, y si los infinitos juguetes que ofrece la sociedad de consumo le bastan para saciar su sed interna y paliar su angustia de soledad.

El mundo de hoy día está perfectamente organizado, ¿pero, para qué? Observando y meditando, descubriremos que todo está sincronizado a la perfección para mantener y alimentar el sueño y “los sueños” del sapiens. El individuo puede dejar de soñar solamente cuando ha comprendido y vivido esto que estamos explicando; cuando comprueba con estupor que, cada persona vive drogada por sus sueños personales, los cuales se convierten en el timón que dirige su vida. Resulta de gran utilidad analizar todos los proyectos que se han tenido en la vida, todo aquello que se ha deseado y planificado con la intención de realizarlo, y que a la luz del tiempo transcurrido, se aparecen con toda su fantasmal irrealidad.

Punto tres: aprender a pensar.

Es preciso reeducar completamente el proceso del pensamiento, para que éste sea verdaderamente creativo, ya que solamente cuando se cumple esta función, el sujeto piensa realmente. No se crea que llamamos pensamiento creativo al hecho de “inventar” algo, sino más bien a una característica del pensamiento desprogramado, la cual consiste en que la inteligencia enfrenta cada cosa como si ésta fuera realmente nueva, despojándose de prejuicios, lo cual le permite crear un resultado o emitir un juicio verdaderamente imparcial, ya que se ha renunciado a discurrir por los cauces habituales; no se da nada por hecho o sabido.

He ahí, precisamente, descrito de un modo simbólico el pensamiento creador, el cual consiste en prescindir del programa para elaborar un juicio de alto nivel, que no se vea afectado en su génesis por la fuerza compulsiva de la información grabada en el computador cerebral. Cuando la gente piensa, lo hace compulsivamente, a pesar de ellos mismos, y esto es tan evidente como el hecho de que el pensamiento no es voluntario como lo da a entender el verbo pensar, ya que el sujeto no puede dejar de pensar cuando lo desea, por el contrario, le resulta imposible expulsar las ideas de su imaginación o evitar que surjan aquéllas que no son de su agrado.

De este modo, la organización y seguridad del mundo moderno han creado condiciones de vida en las cuales el sujeto no necesita esforzarse profundamente para sobrevivir, ya que puede subsistir con un empeño mediocre, y en algunos casos, ínfimo, especialmente si consideramos la dureza de la lucha por la vida en regiones de naturaleza salvaje.

Es así como no existe nada que obligue verdaderamente al individuo a emplear a fondo su inteligencia, por el contrario, se ha convertido en un experto para eludir o “vadear” todos los puntos realmente álgidos que se presentan como grandes interrogantes a su inteligencia. Resulta mucho más cómodo y seguro, no aventurarse por la senda de la libertad del pensamiento, sino que aceptar o adoptar sistemas de pensamiento y conducta ya establecidos y aprobados.

La imitación y la ciega aceptación se han convertido en el camino más fácil para satisfacer la cada día más escasa curiosidad intelectual del sapiens. Herméticamente, al tocar este tema, hablamos siempre de un conocimiento “muerto” y uno “vivo”. El conocimiento “muerto” es aquél del cual se conoce su significado específico, pero del cual se ignora su interrelación con el todo. Es la parte singular, que no se sabe cómo, cuándo, ni dónde, encaja en el resto de las piezas del plan general. Por el contrario, el conocimiento “vivo” es el obtenido en un estado de elevada vigilia, y siempre es el producto de una acabada “digestión mental”.

El primero nace solamente del intelecto; el segundo se origina en la mente, y por ser comprendido esencialmente por el pensador despierto, éste se hace consciente de la posición que su conocimiento ocupa en el contexto general del Universo.

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#13
Es aquí donde tocamos uno de los puntos más significativos en lo que se refiere a las diferencias entre el sapiens y el hombre celeste. El sapiens piensa solamente con el cerebro y su inteligencia se limita, por lo tanto, al foco intelectual-cerebral.

Aún más, el hombre común ocupa sólo una pequeña porción de su cerebro para su función intelectual, la cual está radicada además, en una especie de “precerebro”, constituido por las cuatro inteligencias y el inconsciente, alma ancestral de lo animal de la especie. Es por esto que aun en sus más elevados vuelos intelectuales, el sapiens obedece el mandato de su alma animal; la bestia. En la Biblia se hace alusión al número 666, diciendo que es el número de la bestia. Basta dar vuelta a esta cifra para encontrarse con el número del hombre: el 999.

Ahora bien, el hermetista por medio de su trabajo iniciático ha llegado a la formación del “aparato espiritual”, la mente, de la cual hemos dicho que carece el hombre vulgar, haciéndose referencia a ella, comúnmente, sólo como una abstracción simbólica de lo psíquico. En realidad la mente es la integración superior de las facultades humanas en un todo, dirigido por el Yo volitivo, y sirviendo de manifestación al Yo superior, es decir, el espíritu o individuo mismo.

El sapiens, utilizando su rudimentario “precerebro”, como denominaremos a la unión de una parte de su cerebro con las cuatro inteligencias y el inconsciente, llega a extraordinarios descubrimientos científicos gracias a la transmisión de la cultura de generación en generación. y mediante el aprovechamiento conjunto de la experiencia y saber colectivo.

Es así como una larga lista de genios han contribuido con sus descubrimientos e investigaciones, a elevar el nivel de nuestra civilización. Sin embargo, sin pretender oscurecer en lo más mínimo el extraordinario talento de estos hombres, es preciso señalar que han sido solamente “genios del intelecto”, y como tales, han trabajado en “lo particular”, ignorando totalmente la relación con “lo general”, desconociendo además el efecto o reacción que su trabajo tendrá posteriormente en “el todo”.

Necesariamente tenemos que clasificar a los genios del intelecto como “semisabios”, ya que son “monoconceptuales”, visualizando todo a través del prisma de su especialidad. Resulta interesante meditar en cuáles serían las pautas de conducta, las reacciones, la apreciación y la escala de valores de individuos de gran inteligencia pero que no pertenecieran a la cultura humana terrestre. Saber cómo pensarían seres elevados por sobre las pequeñeces, egoísmos, prejuicios, y supersticiones morales, culturales y espirituales del sapiens.

Los verdaderos sabios son los “genios de la mente”; los que pueden generarlo todo con su mente; los que pueden elevarse por encima de los polos opuestos y reconciliar todo lo irreconciliable, comprender todas las paradojas, penetrar en la esencia de todo y conocer la causa oculta de todo lo que se manifiesta como un efecto.

Son los poseedores de la verdadera sabiduría, imagen de la cual se quiso revestir al rey Salomón; son los que existen más allá del bien y del mal; los que conocen los hilos ocultos que unen todas las cosas. Estos verdaderos sabios demuestran su conocimiento en sí mismos, aplicándolo al control y evolución de sus naturalezas internas. Poseen la “piedra filosofal” con la cual no fabrican oro físico, sino espiritual, producto noble con el cual ayudan a la sublimación de lo animal del sapiens.

¿Acaso no es posible que un grupo de hombres posea el secreto de convertir todo el cuerpo en un cerebro? ¿Acaso no es posible pensar con un pie, una mano, el estómago o los pulmones? Precisamente, algo de esto es la mente, una especie de supercerebro que reúne en sí lo intelectual, lo emocional, lo instintivo y lo material.

Cabe preguntarse ¿dónde están les descubrimientos de estos grandes cerebros? Para responderse esto, el lector debe meditar en qué haría él mismo si fuera un supercerebro. ¿Serían sus intereses los mismos de ahora? ¿Persistiría su egoísmo y antropocentrismo? ¿Le seguiría interesando lo temporal o se sentiría más atraído por lo eterno?

Para responder esto basta considerar la posición e importancia del planeta Tierra en relación al resto del Universo, y considerar que la “inteligencia muerta” del hombre común es la inteligencia de la tierra, mientras que la mente o supercerebro, es la inteligencia celeste. Si uno mismo fuera una hormiga y se convirtiera de pronto en ser humano, ¿conservaría los mismos intereses de la hormiga? (Que conste que desde el punto de vista de la economía universal la hormiga es tan importante como el hombre).

Tal vez, el interés más grande de los genios de la mente no reside en grandes descubrimientos científicos, o bien, es posible que al conocer el “plan universal”, no les esté permitido interferir con el natural desarrollo de los acontecimientos en un espacio tiempo ya determinado. No obstante, a manera de información ilustrativa, reconoceremos en Leonardo Da Vinci a un gran genio de la mente. Sus propósitos no podemos comentarlos ya que pertenecen al secreto de su privacidad iniciática. Sin conocer sus móviles tampoco podemos juzgarlo.

Resumiendo: el sapiens posee una “inteligencia muerta” la cual le permite solamente “particularizar” y siempre dentro del esquema cultural humano. El hombre celeste tiene una “inteligencia viva” con la cual puede trascender el nivel terrestre y hacer evolucionar su Yo superior. Es así como existe un “conocimiento muerto” (el saber ortodoxo), y un “conocimiento vivo” (la ciencia hermética). Uno es producto del cerebro y otro del supercerebro. Más adelante daremos instrucciones para el desarrollo del supercerebro.

Punto cuatro: vivir en el momento presente.

Para aplicar este punto cuatro es indispensable llegar a una perfecta comprensión del capítulo “Ser o no ser”, en el cual exponernos la clave absoluta que junto con develarnos el misterio del ser, nos ilustra también sobre los meDios de vencer el sueño. Dicha clave se expresa allí de la siguiente forma: “La única realidad es la del momento presente; no existe pasado ni futuro, ambos son ilusorios” (en el instante presente no existe el pasado ni el futuro; el pasado existió y el futuro existirá). Decíamos también que “el presente es el exacto punto de unión entre el pasado y el futuro”.

Existe una línea divisoria que separa la fantasía o irrealidad, de la verdad o realidad. Esta línea es el tiempo. La realidad es la coincidencia entre el caminar del ser humano y el del compañero tiempo. Es así como nuestro cuerpo físico está constantemente en lo real; es objetivo y ocupa un espacio. Por el contrario, el ocupante del vehículo (el Yo superior) vive habitualmente en la irrealidad, es decir, más allá de la muralla que separa realidad de fantasía. Lo irreal es aquello que perteneciendo a una realidad natural X, se encuentra proyectado a un tiempo diferente del que le corresponde.

Por ejemplo si el ser humano pertenece a la realidad clasificada como Delta-15, que tiene un tiempo igual al de un reloj X, y se proyecta a un tiempo X elevado al cuadrado, se evade de la realidad, viviendo en un mundo que existe sólo en una dimensión B, a la cual, por cierto, su cuerpo físico no tiene acceso por no poder elevarse a un tiempo X al cuadrado. Cabe preguntarse entonces, ¿si hay tantas velocidades de tiempo, cuántas realidades existen?

La respuesta lógica es que tantas como posibles velocidades de tiempo. Sin embargo, como físicamente estamos constreñidos a Delta-15, es preciso adecuarse a esta realidad, ya que si uno vive en un mundo irreal con respecto a Delta-15, es decir, a la realidad humana, es lo mismo que si no existiera, ya que el cuerpo sería un sonámbulo, un cascarón vacío sin ocupante, y el espíritu o Yo superior, un ente, mero espectador de un caleidoscopio fantástico.

¿Qué es, por ejemplo, la cuarta dimensión? Es un mundo que existe realmente, pero sólo para quienes posean un vehículo que pueda manifestarse en la vibración temporal de la cuarta dimensión. A este problema se refiere aquel aforismo que dice que “todo es ilusión”, lo cual, habría que interpretar del siguiente modo:

“Nada es real para el que está en la realidad absoluta, ya que todo lo que existe tiene realidad sólo para quienes están en aquella misma vibración o tiempo, ya que tiempo es velocidad y velocidad es vibración”.

Es debido a este principio que “un fantasma” es para nosotros sólo una ilusión, y no un ser material. Al hablar de “fantasma” me refiero a la energía restante después del fallecimiento de una persona.

Un pensamiento no tiene realidad concreta y material, no lo podemos pesar ni ver; no nos podemos estrellar con un pensamiento como quien lo hace con un poste en la calle. Sin embargo, para un hombre constituido de materia-pensamiento, los pensamientos serían realidades visibles y tangibles. ¿Por qué nuestro cuerpo no puede chocar con un pensamiento? Porque tiene diferente velocidad, y por lo tanto, diferente realidad.

Como seres humanos, somos la unión de dos fuerzas, de vibraciones muy diferentes:

A) Energía masa o cuerpo físico

B) Energía mente o espíritu.

Esta unión tiene un solo objetivo: la evolución. Ésta es cósmica al hablar de la gran masa humana, y personal al referirnos al individuo. Con esto querernos significar que el objetivo de tener un cuerpo físico es evolucionar.

Sin embargo, cuando el sujeto no evoluciona por su desidia, desinterés o incompetencia personal, no cumple con el objetivo primordial de su vida individual, y queda librado solamente a la posibilidad de ser “lo sexual” de Dios, convirtiéndose en un instrumento animado de la creación material. En este proceso, se sufre mucho, por el hecho de tener un cuerpo físico, con el agravante que se pierde la única justificación personal para tenerlo: la evolución individual.

Cuerpo y espíritu pertenecen a realidades muy diferentes, es decir, a dos tiempos muy lejanos o apartados. Como consecuencia de esto, el espíritu no se manifiesta en la tierra, pero queda atado o esclavizado al cuerpo físico, y debe sufrir las fantasías y sueños que experimenta el Yo psicológico, por no poder situarse éste en la realidad Delta-15, viviendo constantemente fuera del presente, o lo que es igual, fuera de Delta-15.

Es así como el cuerpo pierde su función de vehículo del espíritu, quedando sólo como instrumento de los Arcontes del destino, con el objeto de constituirse en un trabajador más a las órdenes del Señor. Es preciso explicar que la creación se realiza en el Universo por medio de la imaginación del sapiens, la cual plasma todos sus estados emocionales, instintivos e intelectuales, creando energía, la cual termina, en un futuro lejano, por condensarse, transformándose en materia. Por eso es que podemos expresar que Dios es el Gran Arquitecto del Universo, y que la masa humana es el ejército de sus obreros, los cuales, como todo pago, reciben el don de la existencia.

Esto no sería algo terrible si el sapiens tuviera acceso a la realidad, aunque tal vez algunos piensen que el hecho de ser consciente de esto, y de no poder cambiarlo, aumentaría el sufrimiento. La única forma de llegar a la realidad absoluta, destruir el sueño y ganarse el derecho a la propia evolución, es haciendo coincidir el cuerpo y el espíritu en una puerta o comunicación temporal, para que se integren juntos a la realidad.

Al lograr esto, el sujeto vive en dos mundos, ya que logra conocer dos realidades opuestas: la de la materia y la del espíritu. Ambas se concilian en una tercera, que es la que busca el hermetista: la realidad absoluta, que forma parte de la divina, aún siendo material, y que forma parte de lo material siendo divina. A esto es lo que llamamos estar más acá de la línea divisoria (la que separa realidad y fantasía) estar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, a diferencia del profano, que tiene sus pies en la nada y su cabeza en la fantasía onírica.

Para lograr vivir en el momento presente el sujeto tiene que haber llegado no solamente a la creación de su Yo volitivo, sino que también a su pleno fortalecimiento, ya que un Yo volitivo puede ser débil o fuerte. El Yo volitivo debe obligar al Yo psicológico a concentrarse en el momento presente. Esto se logra con una adecuada disciplina imaginativa, con un estado de relajación, y con la perfecta integración de nuestro microcosmos en una jerarquía interna, bajo la dirección del Yo volitivo.

Es preciso que nuestra imaginación no divague, que superemos la tensión nerviosa, y que todo nuestro ser esté subordinado al Yo volitivo. Más adelante resumiremos la parte práctica de esto, ya que todo está relacionado, y si lo hiciéramos en cada capítulo, tendríamos que efectuar innumerables disgresiones.

Punto quinto: activar el cuerpo físico.

Como el cuerpo físico representa al polo opuesto del espíritu, resulta obvio que representa un “obstáculo” para comunicarnos con nuestro Yo superior. Sin embargo, al mismo tiempo, es el medio necesario para poder evolucionar. A fin de facilitar nuestro propósito, es preciso “elevar la vibración de nuestra materia corporal”, lo cual se consigue haciendo al cuerpo obediente a nuestra voluntad.

Para esto, consideraremos muy brevemente tres elementos principales:

La alimentación

La respiración

La gimnasia

No trataremos ninguno de estos puntos en detalle, ya que no es ése el tema de este capítulo; solamente hablamos de ellos como uno de los medios para destruir el sueño. Nuestras recomendaciones serán muy generales, ya que tienen, en este caso, el único objetivo de “activar lo físico”.

En lo que se refiere a la alimentación, nos limitaremos a recomendar la abstención de carnes de gran densidad o “baja vibración”, tales como la carne de cerdo, y la práctica de un régimen vegetariano cuando el estudiante debe prestar especial relevancia a la parte ascética con el fin de depurar sus estados de conciencia.

Con respecto al alcohol, es necesario usarlo de manera muy prudente, ya que es un notable depresor orgánico, efecto que sólo se advierte después de un tiempo, ya que actúa como un “supercarburante” que desgasta innecesariamente el organismo, sin ventajas de ninguna clase.

Si se convierte en un vicio, es el más peligroso elemento ya que rompe las protecciones etéricas o el “aura” del sujeto, poniéndolo en contacto con las creaciones demoníacas que existen en el plano astral inferior (uno de los planos vibratorios; el más bajo después de la materia), lo cual se conoce clínicamente como “delirium tremens”.

La respiración debe ser utilizada, para estos efectos, solamente como el medio de absorber más oxígeno, practicando la respiración completa, es decir, la que comienza por un ensanchamiento del diafragma y termina con el llenado completo de la parte superior de los pulmones y consiguiente dilatación del tórax. Se comienza a inspirar dilatando el abdomen, es decir, proyectándolo con cierta fuerza hacia adelante, hasta que se presente ligeramente abombado.

Se continúa la inspiración hasta llenar los pulmones, dilatando ahora el tórax, con lo cual se deprime en forma natural el abdomen. Al respirar debe procurarse contraer el abdomen suavemente, para facilitar la eliminación de aire residual. Diez minutos de respiración matinal aportan una gran cantidad de energía para activar lo físico.

La gimnasia es un elemento irreemplazable para la reactivación de nuestro cuerpo, pero es necesario practicar aquélla que haga trabajar nuestro sistema cardiovascular, tal como los ejercicios aeróbicos del doctor Cooper. Además de esto, cada persona puede practicar calistenia, de acuerdo a su edad.

Paralelamente, es preciso realizar diariamente, en las mañanas, un ejercicio de inmovilidad absoluta, el cual se efectúa de la siguiente manera: sentado muy derecho en una silla, manténgase en absoluta inmovilidad por tres minutos. Una vez conseguido esto de manera perfecta, pase a una segunda etapa, la cual es similar a la primera, pero se comienza, en posición de inmovilidad, por poner todos los músculos en tensión, fuertemente, apretando los puños y pensando: “estoy despierto”, dejando que esta idea llene el organismo.

La tensión muscular debe durar un minuto, pasado el cual, se aflojan y relajan completamente los músculos, y se mantiene una perfecta y absoluta inmovilidad por cinco minutos, siempre con la idea fija “estoy despierto”. Para que este ejercicio sea realmente eficaz, la inmovilidad debe ser absoluta, sin que se muevan los músculos ni un solo milímetro. Los ojos deben permanecer abiertos durante todo el ejercicio.

Ya nos hemos referido, durante el proceso de la iniciación real, a dos etapas muy importantes, las cuales son la creación del Yo volitivo y la destrucción del sueño. Para esto último, señalábamos que es preciso cumplir con cinco disciplinas básicas:

Dejar de mentir

Dejar de soñar

Aprender a pensar

Vivir en el momento presente

Activar el cuerpo físico

Abordaremos ahora un tercera etapa, la cual es la de la “Digestión mental”.

El hombre vulgar carece de “estómago mental” (mente), y por lo tanto no puede efectuar una verdadera “digestión” del conocimiento adquirido. A pesar de que hablamos en un sentido figurado y simbólico, este símil refleja de manera muy fiel el trabajo ideal de la inteligencia, que es equivalente al del estómago: transformar elementos básicos en “esencia nutritiva”. No importa cuanto coma una persona; si no asimila, el alimento ingerido no le sirve de nada.

Lo mismo ocurre con la inteligencia del sapiens; éste se ha convertido en un glotón intelectual, devorador de conocimiento, que se integra a las neuronas cerebrales sin haberse asimilado realmente. En buenas cuentas, es un acaparador de alimento mental, el cual jamás utilizará. Físicamente hablando, esto equivale al caso de un sujeto que guarda alimentos que nunca comerá. No sólo existe la obesidad corporal, sino también la obesidad intelectual; lo curioso es que haya quienes se sienten orgullosos de esta dilatación de su intelecto.

El hombre está convencido que mientras más estudie, más preparado estará para conocer la verdad. Jamás se le ha pasado por su imaginación el pensamiento de que tal vez lo contrario sea lo verídico. En efecto, si pensamos un poco en esto, habiendo entendido lo que es la programación de un individuo, veremos que a más estudio equivale un mayor programa, y que a mayor programa, menos capacidad de vigilia, y a menor vigilia, más automatismo, menos humanidad, y mayor irrealidad y fantasía.

Cuando un sujeto que carece de “estómago mental” se dedica a estudiar, el resultado es siempre el mismo: inflación intelectual, y refuerzo y crecimiento de la programación. Por el contrario, cuando el sujeto que tiene mente, estudia, realiza una genuina digestión de su alimento intelectual, y por lo tanto, se produce en su interior un verdadero cambio y evolución. Las etapas uno y dos que ya hemos tratado, se refieren precisamente a la formación de la mente, por lo tanto, si el estudiante las realiza prolijamente, estará en condiciones de estudiar y asimilar verdaderamente.

La piedra filosofal ha sido tradicionalmente el símbolo de mente, y por eso es que aparece siempre como el elemento clave para las transmutaciones. Cuando el estudiante ha formado su mente de manera perfecta, no sólo estará en condiciones de transmutarse a sí mismo, sino que podrá realizar muchas otras cosas de gran valor hermético.

Debemos señalar que la ciencia ortodoxa desconoce por completo los efectos que se producen en una persona cuando se lleva a cabo un perfecto proceso de comprensión.

La psicología conoce algo de lo que es la comprensión, pero es incapaz de evaluar su importancia. Este proceso, cuando se realiza a la perfección, constituye ciertamente una “operación mágico-alquímica”, mediante la cual se crea en el cuerpo, cierto elemento del cual carece el sapiens, y el que podemos llamar elemento conciencia.

Es preciso destacar que en esta etapa de nacimiento, conciencia es un elemento material que se hace presente químicamente en el torrente sanguíneo, y de cuya combustión se origina el oro espiritual que alimentará y hará crecer a nuestra esencia.

La alquimia representa un trabajo enteramente corporal, en el cual, el crisol es el propio cuerpo, el fuego son las pasiones, y el plomo, los materiales básicos con los cuales se cuenta. La “sublimación” alquímica es el largo trabajo de transmutación del sapiens en hombre estelar. No existe ninguna plegaria, ningún ejercicio de respiración, ningún mantram, ni fórmula mágica, ni mitológico maestro que pueda sustituir o saltar este proceso.

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#14
LAS PRUEBAS
Una de las críticas más frecuentes que se hace a la célebre novela hermética “Zanoni”, es el carácter atemorizante que reviste su argumento, al exponer de manera muy vívida, las pruebas por las cuales debe atravesar Clarencio Glyndon, uno de los protagonistas principales. Se piensa que Sir Bulwer Lytton, el autor, exageró o dramatizó demasiado las dificultades que debe encontrar el neófito en su camino. El temible “espectro del umbral” no pasa de ser, para el lector, la ficción simbólica de dificultades internas de tipo abstracto o subjetivo. Para otros, en cambio, el espectro es un ser maléfico que se aparece realmente al estudiante, sometiéndolo, a toda clase de tormentos.

La verdad es que son muy pocos quienes comprenden que el temido espectro es solamente uno de los problemas que el discípulo encontrará en su camino, y que los demás, no se refieren a situaciones tan espectaculares como las noveladas en “Zanoni”. Tampoco los adeptos y maestros se corresponden con Zanoni y Mejnour, quienes fueron elegidos por Lytton como los prototipos que diferencian dos caminos distintos a los cuales puede llegar el iniciado en su maestría.

Las pruebas transcurren más en el pasar de la vida cotidiana que en fantásticas apariciones o mágicas ceremonias. Sin embargo, por ese mismo motivo tienen mayor trascendencia y dificultad que si fueran situaciones ocasionales y espectaculares. Las pruebas existen, y son tremendamente duras, y esto es algo que ningún candidato a la iniciación debe olvidar. Por cierto, que hablamos de los “iniciados reales”, y no de aquellos que pretenden llegar a los grados superiores en la pacífica tranquilidad de una existencia alejada de las realidades amenazantes, peligrosas o inconvenientes.

Mientras antes comprenda el neófito que es preciso derribar tremendos obstáculos y destruir poderosos topes internos, mas fácilmente reconocerá al proceso iniciático la importancia que éste tiene. Como ya lo hemos manifestado anteriormente, el sapiens está programado, y depende del “computador central de la especie”, y del “alma colectiva animal”. No es difícil entender que si el sujeto intenta desprenderse de este vasallaje, encontrará fuerte oposición, la cual se manifestará a través de la naturaleza misma, la cual reaccionará con gran energía para cerrar el paso al aspirante a la sabiduría.

Es así como desde el momento en que el sujeto inicia un verdadero camino, libre de superchería o autoengaño, cuando efectúa un verdadero trabajo hermético en sí mismo, toda clase de tentaciones, dudas, dificultades y problemas, aparecen en su existencia, a fin de disuadirle de su empeño.

Esto no es de extrañar, ya que está tratando de conquistar su naturaleza interna, la cual, como toda fuerza salvaje dentro de la naturaleza, reacciona con extraordinario vigor a todo intento de control o dominio. Domesticar una fiera salvaje es un trabajo arduo. Pues bien, hay una fiera dentro de toda persona, y nadie sabe hasta qué límites de salvajismo puede llegar en un momento dado, pese a la cultura y educación.

La tradicional Esfinge egipcia, que tiene cabeza, cuello y pecho de mujer, y cuerpo y pies de león, constituye un símbolo de la naturaleza animal del ser humano. Ella es quien cierra el paso al intrépido buscador de la luz hermética. Sin embargo, la Esfinge tiene alas, para simbolizar el hecho de que para elevarse es preciso hacerlo mediante la naturaleza animal, y no por la fuerza del espíritu, como cree mucha gente. Por lo demás, esto se corresponde exactamente con la imagen de JesuCristo montado en un burro, el cual representa la bestia que debe ser dominada por el Yo superior.

En verdad, si sentimos en nuestro interior un impulso de elevación hacia los planos superiores, no es por el espíritu, sino por la bestia. Ésta no es mala en sí misma, sino que es perversa sólo en la medida en que ha tomado esta característica del depósito común de la animalidad humana (inconsciente colectivo), que forma parte del computador central de la especie. Para entender esto, representaremos al espíritu y a la bestia, con dos triángulos, uno descendente y otro ascendente.



El espíritu es la fuerza celeste que se irradia hacia la tierra. Constituye el polo positivo de la vida, y por lo tanto, es atraído por lo pasivo, que en este caso es la existencia material terrestre. El espíritu es puro en sí mismo, y por lo tanto, busca aquello que no conoce, lo único que puede brindarle una experiencia diferente a su propia vibración, esto es, las sensaciones materiales.

La bestia, por el contrario, mira hacia el cielo, ya que sabiéndose impura, pugna por alcanzar una pureza que sólo la divinidad puede darle. He aquí por qué la estrella de seis puntas, llamada el “símbolo de Salomón” no es una imagen positiva, ya que representa la petrificación o detención del movimiento de la vida. Muy diferente resulta cuando en su centro aparece el ANK, o “símbolo de la vida”, ya que en ese caso, representa el “equilibrio vital” de la creación, transformándose en una figura altamente positiva.



Los ángeles caídos representan “espíritus” o chispas divinas virginales que descienden para realizarse o complementarse a través de la experiencia en la materia. Recomendamos la lectura del interesante libro “La rebelión de los ángeles”, de Anatole France, donde el autor, en tono humorístico, expone poéticamente el misterio del doble triángulo. La existencia de estas dos fuerzas, una que asciende y, otra que desciende, nos hace comprender de manera mucho más profunda el papel superior que debe desempeñar el Yo volitivo en el manejo de la energía espíritu y la fuerza materia, identificada con la bestia.

Usualmente, quienes llegan a una escuela iniciática se mofan de las pruebas, calificándolas de simples barreras. Sin embargo, el paso del tiempo les demuestra con crudeza las diferentes fallas que han tenido. No obstante, el fracasar en algunas pruebas no indica una derrota, sino más bien, una lección que el sujeto debe aprender y que mientras no lo haga, permanecerá detenido ante el obstáculo.

La extrema dificultad de las pruebas reside en el hecho de su gran sutileza, ya que se basan generalmente en las fallas internas del sujeto, las cuales están bajo el umbral de la conciencia, y por lo tanto, permanecen desconocidas para éste. Ocurre con esto algo parecido a lo que sucede con los defectos de una persona, ya que ésta, generalmente, es totalmente incapaz de advertirlos.

Los primeros pasos en la escuela hermética a la cual ingrese un individuo, resultan decisivos, ya que está expuesto a dejarse llevar por impresiones falsas y antojadizas, motivadas, precisamente por una proyección de sus problemas internos. Muchas veces el sujeto mira a la escuela como a un ente que trata de utilizarlo o presionarlo para sacar algún provecho de él.

Anhela que lo salven o lo guíen al éxito, pero al mismo tiempo, no quiere dejarse salvar fácilmente, sino que quiere demostrar que no es tan simple de convencer o manejar. El individuo no se da cuenta que él mismo es el único interesado en su propia salvación (liberarse de ser utilizado por la naturaleza) y que si no se autolibera, nadie vendrá a socorrerlo.

A menos que comprenda su verdadera situación en el mundo, carecerá de la motivación necesaria para luchar por su propia existencia, ya que de esto se trata, en buenas cuentas. La única posibilidad de triunfar reside en que logre visualizar a fondo su verdadera posición en la vida, ante la naturaleza y el destino, y su ulterior utilización del Yo volitivo como instrumento de realización.

Hemos visto que las cosas más increíbles ocurren a los estudiantes sinceros. La riqueza súbita o el enamoramiento repentino, bastan, muchas veces, para desviarlo de su camino. Otras veces, sus seres queridos se convierten en sus peores enemigos, en lo que a la iniciación se refiere, controlados, sin sombra de duda, por el computador central de la especie. Tal como aprendices de hechiceros, tratan de dominar a la naturaleza, y terminan siendo sus esclavos. Resultan tragicómicas las dificultades con que tiene a veces que enfrentarse un estudiante, nada más que para llegar oportunamente al sitio de reuniones de la hermandad.

Le ocurren las cosas más insólitas, exclusivamente con el fin de impedirles llegar a la congregación, y el problema es que el mismo individuo es quien se “sabotea” a sí mismo. Existe un animal simbólico en el arte hermético, y es el burro, que representa la naturaleza animal negativa del individuo, cuya tónica básica es la estupidez, la inercia, la flojera, la dejación y la irresponsabilidad.

Es por esto, que cuando comete un error que lo perjudica, se le dice figurativamente, que no debe “pensar en el burro”, o más bien, que “no debe dejar que el burro piense por él”. También se habla dentro del hermetismo, por esta misma razón, del “camino del burro”, para describir a quienes después de muchos esfuerzos y penalidades, recorriendo mucho camino, permanecen siempre en el mismo lugar.

Antiguamente se usaban burros para extraer agua para riego de pozos o norias, y el animal caminaba muchos kilómetros en un día, pero como lo hacía en círculos, permanecía siempre en el mismo lugar. La enseñanza hermética nos dice que sólo después de dominar al burro es posible vencer a la Esfinge y remontarse con sus alas al espacio cósmico. La Esfinge es el vehículo del hombre estelar.

En lo que se refiere al sexo del postulante, es menester decir que en el hombre, las pruebas se expresan principalmente a través de lo instintivo, y todo lo que esto significa, psicológica y materialmente. Por el contrario, en la mujer, su punto débil está radicado en lo emocional.

Es por esta causa que la admisión de la mujer a las “escuelas iniciáticas”, ha estado tradicionalmente prohibida, y ésa es la razón por la cual la masonería sólo la admite a “tenidas blancas”. En la antigüedad, cuando la mujer pertenecía a las órdenes iniciáticas, muchas hermandades fueron destruidas al revelar una de sus cofrades femeninas, por apasionamiento amoroso, los secretos de la orden a organizaciones enemigas.

En lo que se refiere a la masonería, debemos decir que ésta fue originariamente una hermandad hermética, en la cual, algunos grandes iniciados, trataron de formar una escuela preparatoria para otras de mayor nivel. No obstante, con la simbólica muerte de Hiram la masonería perdió el secreto de los ritos y símbolos como el verdadero significado de las palabras de pase. La tradición hermética se extinguió permaneciendo sólo el lenguaje desconocido de los símbolos.

Aquella luz que existió, se ha apagado en su significado hermético, permaneciendo sólo el filosófico. Los hermanos se han dormido con el paso del tiempo, tal vez arrullados por el orgullo de poseer treinta y tres grados de esplendor masónico. Sin embargo, sus símbolos, inspirados en antiguos ritos, son verdaderamente hermosos. Queremos dejar en claro que seguramente el ingreso a la francmasonería beneficiará moral, cultural y filosóficamente a cualquier persona sana, pero de ahí a convertirse real, y no simbólicamente en un dos veces nacido, o de allí a llegar a ser un Zanoni o un Mejnour hay un Universo de diferencia.

Es preciso señalar que las verdaderas escuelas iniciáticas no han dejado nunca de admitir a la mujer a sus filas, y que éstas pueden también trabajar en el templo.

Siguiendo con las pruebas, debemos decir que las hay internas y materiales. Las materiales, son situaciones concretas producidas por reacciones de la naturaleza. Recordemos que existe la naturaleza interna y externa, y que por lo tanto, se producen también, tremendos conflictos internos.

Queremos referirnos a la profunda impresión qué despiertan en el discípulo dos interesantes acontecimientos de tipo iniciático. Uno, es la gradual visión de sí mismo, tal como se es, sin tapujo, idealización, ni disimulo. Otra, es la contemplación gradual de la verdad, del mundo, y de la gente. En el primer caso, el estudiante sufre el profundo “shock” de observarse él mismo por primera vez, tal como realmente es.

Esta visión le abre dos caminos: el de la aceptación de sí mismo o el rechazo, caso en el cual, el individuo en vez de romper el huevo de su aislamiento de la realidad, se construirá uno de hierro, impermeable e indestructible, aterrorizado por la desnuda verdad. Como ya lo hemos señalado, son muchas las ilusiones (en el sentido de “lo ilusorio”) que el sujeto debe superar para poder evolucionar.

Lo dice muy bien el conocido y hermoso libro de Mabel Collins, “Luz en el Sendero”:

“antes que los ojos puedan ver, deben ser incapaces de llorar. Antes que el oído pueda oír, tiene que haber perdido la sensibilidad. Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los maestros, debe haber perdido la posibilidad de herir. Antes de que el alma pueda erguirse en presencia de los maestros, es necesario que los pies se hayan lavado en la sangre del corazón”.

En relación a las verdades de la vida en general, éstas son tan terribles en su desnudez, que para que el discípulo pueda soportarlas equilibradamente, debe haberse preparado bastante. Hay que darse cuenta que la naturaleza es completamente fría, y que le tiene sin cuidado, la bondad de un monje o la perversidad de un asesino. En su seno, concibe por igual el trigo o la cicuta; la hierba curativa o la planta venenosa.

Ni el más grande idealismo o la más despreciable vileza alteran la inmutabilidad de las leyes naturales. Existen verdades tan peligrosas, que son, en realidad, “como el filo de la navaja”, ya que si el estudiante conserva todavía la semilla del egoísmo o la maldad, la visión de estos misterios lo traumatizará de tal manera, que jamás volverá a la normalidad.

En esto sí que se aprecia un gran parecido con el caso de nuestro neófito de “Zanoni”, aún cuando la realidad es siempre más descarnada y menos espectacular que la leyenda, de una novela. Son muchos los que han enloquecido por vislumbrar verdades imposibles de soportar para quienes no han conseguido sobreponerse a sus pasiones inferiores. A la verdad se puede llegar solamente en la desnudez absoluta de la pureza inocente de quien “volvió a ser como niño”. La verdad es un arma de doble filo: eleva al puro y destruye al pasional.

Dentro de la escuela iniciática se producen centenares de situaciones diversas que ponen a prueba la integridad, pureza y decisión del estudiante. Éstas van desde la pérdida de la confianza en la escuela y el maestro, hasta sentirse utilizado o engañado de una forma u otra. Cada individuo exterioriza en sus dudas y conflictos sus fallas internas. Es así, como aquél que no tiene honor, cree firmemente que lo obligarán a perder su honor; el que no tiene libertad piensa que perderá su voluntad, y si hubiere un inmoral, pensaría que lo obligarán a violar reglas morales, y un ladrón, que “perderá su honradez”.

Muchos, se sienten postergados o creen que existe favoritismo o prejuicios, o bien, consideran que no se les enseña lo suficiente. Otros, especialmente los egoístas insensibles, acusan a sus compañeros de “haber perdido la sensibilidad”. En suma, en una escuela se reproducen, tal como en un laboratorio, una serie de situaciones vitales, para que el estudiante pueda, en forma consciente, observar el comportamiento de los demás, y apreciar también el suyo propio.

También es posible así, para la escuela, llegar a conocer a fondo al estudiante, para poder ayudarlo mejor. Por supuesto que para que este trabajo rinda verdaderos frutos, debe ser auténtico, es decir, el estudiante no debe simular en ningún momento, sino que debe ser honrado y sincero, y sus reacciones, absolutamente auténticas. Hay que señalar que cada prueba que es superada con éxito, va elevando al discípulo a estados de conciencia superiores, comprendiendo aquello que antes no le resultaba posible.





LOS OBSTÁCULOS
A diferencia de las pruebas, los obstáculos no son reacciones de la naturaleza, sino las vallas comunes que tienen todas las personas para evolucionar. Queremos insistir en el reinado absoluto del sueño sobre el sapiens, y en el hecho de que éste tiene por fuerza que despertar si es que quiere evolucionar; de lo contrario permanecerá estático.

Ya sabemos que despertar es difícil, porque el sapiens está sometido a la influencia hipnótica cósmica, que es la energía universal de la creación, y por si esto fuera poco, cada sujeto, al no gustar de la realidad de la vida y no estar satisfecho de sí mismo, se sueña a sí mismo y sueña al mundo de una manera ideal (ideal para él).

Herméticamente, llamamos a esto romanticismo necio, para diferenciarlo del idealismo de los poetas. Romanticismo es el ingrediente que permite que el ser humano acepte sus sueños como la expresión de la realidad, y se limite en la vida, a tratar de satisfacer sus propias fantasías. Entendamos que nos referimos a un romanticismo inferior y destructivo, aunque la gente no pueda diferenciarlo de su contraparte superior.

De manera general el individuo tiene los siguientes obstáculos para seguir el camino:

1. Su concepto erróneo del hermetismo o esoterismo en conjunto
La creencia de la gente, oscila, en esto, entre los dos extremos: los que consideran lo esotérico como algo supersticioso, malo o diabólico, y los que creen ciegamente y que hablando la jerga ocultista, dicen que “hay que desdoblarse en el plano astral; que hay que abrir el tercer ojo o que hay que despertar la Kundalini, y que en su tremenda ingenuidad, están sinceramente convencidos de la veracidad de lo que dicen”.

2. La dificultad de verse a sí mismo objetivamente
Cada persona hace ondear el pendón de las cualidades que más aprecia de sí misma.

No puede evitar proyectar su propia imagen a lo externo, y juzgar todo según su propio concepto, y no de manera libre y experimental. Esto es como si alguien devorara todos los días parte del mundo, para vomitar después todo lo que no correspondiera a su imagen de “agradable”, “verdadero” o “positivo”. En su autoproyección el hombre ha llegado a crear un Dios a su imagen y semejanza, y lo ha imaginado como a un bondadoso “viejito de barba blanca”.

3. El desinterés por conocer la verdad
La gente no quiere la verdad, porque no le interesa. Prefiere dormir apaciblemente, aun cuando en el día de mañana sea devorada por la naturaleza, conocimiento que está presente en todos los seres humanos desde su niñez.

4. El conformismo con el “rebaño”
Esta conducta le permite al individuo tener la falsa sensación de “que todo está bien”, sencillamente porque está haciendo “lo que todos hacen y aceptan”. Por la misma razón, no se atreve a decidir nada por su cuenta, ni menos, a emprender el estudio o la realización de algo no aprobado por “la ciencia oficial”.

Al respecto, sería interesante establecer si el hipnotismo era menos hipnotismo antes de ser aceptado por la ciencia, y si este hecho lo hizo, en verdad, más “respetable” y eficaz. Siguiendo por esta línea, veremos que “respetabilidad” y “moral”, sólo reflejan, la mayoría de las veces, el grado de conformidad con el rebaño.

5. La dependencia de las pasiones
Las pasiones expresan las tendencias animales inferiores del individuo (hay tendencias animales superiores). Manifiestan el apetito de la masa corporal, que busca su propia satisfacción, sin tener en cuenta para nada los intereses superiores del individuo. La flojera, la inercia, la desidia, la abulia, la amargura, el resentimiento, los celos, la envidia, la lujuria, por citar sólo algunas, manejan al hombre como a un títere, y éste resulta impotente para liberarse de esta, situación. Cada estado pasional toma el control del cuerpo en un momento dado, incluyendo su parte psicológica, y el sujeto olvida por completo sus determinaciones anteriores.

6. La proyección de los problemas psicológicos hacia la enseñanza
Es muy común que la gente busque la enseñanza hermética, no para evolucionar espiritualmente, sino para compensar sus ansias de poder o sentimientos de inferioridad. Frecuentemente, las personas proyectan sus traumas, temores, ambiciones, y deseos inconscientes, hacia la enseñanza, para extraer de ella los elementos nutrientes de estos problemas, a la vez que su justificación por medio de nuevos antecedentes que hagan más efectivo el proceso de racionalización psicológica.

7. El temor a la libertad
Sabemos que el sapiens teme la libertad, con la fuerza de una angustia irracional. En lo más íntimo de si mismo, sabe que el camino hermético lo llevará indefectiblemente hacía la liberación o “salvación”. Pero, ¿quiere el sujeto ser libre, en verdad? Generalmente, el gran porcentaje de la especie sapiens prefiere la más mediocre esclavitud a la más gloriosa y brillante de las libertades.

Es por eso que las personas buscan en la vida algo a lo cual esclavizarse, ya que no soportan la sensación de libertad. Hay personas que se “atan a una roca”, aun cuando sepan que esa roca se hundirá en los abismos del mar.

Estos son, a grandes rasgos, los obstáculos para avanzar en el camino de la superación espiritual.





LAS PRÁCTICAS INICIÁTICAS
El desarrollo del super cerebro
Como ya lo hemos señalado, nuestro cerebro no nos basta para llegar al descubrimiento de la verdad y a la evolución espiritual; es necesario formar la mente, supercerebro con el cual llegaremos a la categoría de hombres estelares. Resumiremos en un breve esquema los elementos con los cuales es preciso trabajar en esta empresa:

1. Las cuatro inteligencias. (Alma del hombre.) (Agua, aire, tierra y fuego)

2. Yo volitivo
 
3. Mente
 
4. Tres objetivos básicos:
a) Formar el Yo volitivo

b) Despertar

c) Efectuar la digestión mental

5. Tres objetivos superiores:
a) Desprogramación

b) Muerte iniciática

c) Renacimiento

6. Tres objetivos supremos:
a) Evolución

b) Convertirse en hombre estelar

c) Trascender el maya (ilusión cósmica)


No es necesario insistir en la necesidad fundamental de que el estudiante tenga un maestro hermetista, que ya haya recorrido el camino que espera completar el discípulo. Sólo quienes hayan reencarnado conscientemente, pueden prescindir de un maestro, o más bien, si es posible, “tener muchos maestros”, los cuales sirvan para “refrescarle la memoria” al reencarnado. Sin embargo, quien ha reencarnado conscientemente, lo sabe con toda seguridad, y esto no es frecuente.

Las indicaciones que aquí se dan son de carácter elemental, y tienen por objeto alumbrar al postulante a la verdad para orientarlo en sus propósitos. Solamente un genuino maestro puede transmitir al discípulo la llama espiritual, fermento mágico que constituirá su poder oculto como iniciado. Esto no es una abstracción poética, sino que corresponde a algo material; a un proceso concreto que se lleva a cabo en la relación entre maestro y discípulo. Por supuesto que esta fuerza no libera al estudiante de sus disciplinas ascéticas por el contrario, lo obliga a realizarlas con mas empeño.



Educación de las cuatro inteligencias
Para educar a las cuatro inteligencias, el estudiante debe considerar que éstas son la sede de sus malos hábitos y vicios, y que debe proceder a limpiarlas de todo lo negativo, y a darles conciencia e inteligencia, de acuerdo al modelo de comportamiento deseado.

1. Inteligencia del aparato digestivo (elemento tierra)
El elemento tierra abarca toda la materia corporal, pero tiene su sede en el estómago. Su tónica básica es absorción. Para educar a esta inteligencia es preciso, someter, en cierta medida, sus funciones al dominio de la voluntad, en este caso, el yo volitivo.

Hay que pensar en el sistema digestivo como en un ser inteligente, con el cual podemos comunicarnos, al que podemos hablar y controlar. Para esto se utiliza la siguiente fórmula: “Tú mi inteligencia del aparato digestivo, te ordeno que me obedezcas ciegamente en todo lo que yo te diga. Yo te doy conciencia e inteligencia para que tú cumplas perfectamente con tus funciones biológicas.

A partir desde ahora, mi voluntad será tu voluntad, ya que soy tu Dios, tu dueño y tu señor, a quien debes respeto y obediencia. Cuando tú te alimentes, lo harás porque es mi voluntad, y cuando no comas, será porque yo no lo quiero”. Esta fórmula se debe repetir varias veces, procurando compenetrarse con lo oculto del sistema digestivo.

Periódicamente es necesario realizar ayunos de un día completo, y al empezarlo, se debe decir: “Tú, inteligencia de mi aparato digestivo, te abstendrás de todo alimento por X horas, porque ésa es mi voluntad, y yo te ordeno que acates este mandato ciegamente”.

Si el estudiante sufre de alguna dolencia hepática o cualquier trastorno de tipo digestivo, debe procurar una mejoría apoyando a la inteligencia del sistema digestivo con toda su voluntad. Sugerimos al lector que trate de descubrir el sentido críptico de estas instrucciones, ya que las leyes ocultas prohiben hablar más de lo necesario.

2. Inteligencia del aparato procreador (elemento fuego)
El elemento fuego está radicado para estos efectos en el sexo, sede del foco instintivo. Su tónica básica es irradiación. Para la educación de esta inteligencia debe usarse la misma fórmula anterior, la que no varía en los otros sistemas.

Sólo se cambia el nombre del elemento correspondiente. Paralelamente, es necesario regularizar la función sexual, sometiéndola a la voluntad, con el objeto de tener relaciones sexuales sólo cuando el yo volitivo lo permita, y no en otro momento. Debemos recordar que este sistema es el asiento de la líbido, circunstancia que podemos aprovechar para extirpar, trabajando en este foco, todos los complejos que podamos tener.

Para esto es necesario hacer razonar a la inteligencia respectiva, para que abandone su actividad infantil y proceda en forma madura. Esto debe complementarse con la práctica de la imaginación que daremos en referencia al aparato respiratorio.

3. Inteligencia del aparato circulatorio (elemento agua)
El elemento agua reside en nuestro sistema circulatorio, sede de lo emocional. Su tónica básica es unificación. Tal como en los casos anteriores, se utiliza la fórmula ya descrita para educar a esta inteligencia. Junto con esto, es preciso implantar una rigurosa higiene emocional, para no dar cabida en el corazón a emociones ruines o destructivas.

Esto se consigue de un modo gradual, actuando con el yo volitivo. Además se debe practicar diariamente una concentración en el corazón (cerebro de este sistema) a fin de crear un estado de paz profunda y una perfecta sujeción emocional a la voluntad.

4. Inteligencia del aparato respiratorio (elemento aire)
El elemento aire, reside en nuestro sistema respiratorio, sede de lo imaginativo. Su tónica básica es vitalización. Debemos trabajar con la fórmula conocida y establecer además un adecuado control sobre la imaginación. Es preciso, a toda costa, suprimir cualquiera morbosidad imaginativa, dando, cabida sólo a pensamientos positivos, armónicos, equilibrados, y superiores.

También hay que educar la palabra, limpiando el lenguaje y cumpliendo siempre con lo que se afirma de viva voz. El estudiante que afirma algo por el verbo y no lo cumple, se convierte en un juguete de la naturaleza, y le resultará muy difícil el poder realizar sus proyectos personales. Por medio de la respiración tenemos acceso al mundo de las vibraciones y “afinando el olfato”, es posible captar vibraciones de cualquier índole, lo que se hace durante la inspiración y retención respiratorias.

Debemos insistir en el hecho de que hay muchas claves secretas en estas instrucciones, pero el descubrirlas o no, queda librado al interés, criterio y perspicacia del lector.

Solamente a modo de sugerencia, pensemos, por ejemplo, qué ocurre en la unión de los elementos aire (sistema respiratorio) y fuego (sistema procreador), o bien, agua con tierra.
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#15
EL YO VOLITIVO

Ya hemos hablado de la manera de crear el yo volitivo, pero falta exponer los meDios para darle fuerza y poder, los que en general, son los siguientes:

a) dominar y sublimar los deseos;

b) cargar batería psíquica

c) economizar energía

d) actuación volitiva

Los deseos son una de las principales fuentes de energía (o de descarga energética) en el sapiens. Si prestamos atención a nuestro mundo interno nos apercibiremos que el desear forma parte integrante de nuestras vidas y que el deseo actúa con una potencia y persistencia asombrosa.

Esto implica una gran cantidad de energía que se pierde, ya que esto involucra tiempo y desgaste por proyección de nuestra fuerza magnética. Sin embargo, al controlar y dirigir el deseo, se convierte en una fuente de extraordinaria potencia. Desear, no debe ser jamás para el hermetista un loco o ligero capricho, sino que un acto de inteligencia y método. Mientras un deseo no se satisface, una fuerza poderosa vibra en el sujeto, pero apenas se consiguió lo que se quería, este poder se extingue y sobreviene el vacío.

Hay personas a las cuales les ha ocurrido que persiguiendo un deseo muy intenso, por demasiado tiempo, han conseguido finalmente su realización, lo que lejos de hacerlos felices, les ha procurado un estado de profunda vaciedad, laxitud y desgano. Esto se produce al agotarse el combustible que motivaba al individuo, ya que el deseo es el móvil que nos empuja a la realización.

Ya hemos dicho, con anterioridad, que cada persona tiene la cantidad X de energía a su disposición en su vida, y que puede repartirla entre muchas cosas o concentrarla en unas pocas. Aplicando esto al tema que nos ocupa, se trata no de reprimir y frustrar los deseos, sino de permitir su existencia sólo si la razón lo considera justo y conveniente, y de materializarlos cuándo, cómo, y dónde lo disponga el yo volitivo.

También podemos aplicar a esto el principio de las “penitencias”, actuando desde un punto de vista diferente. Podemos, por ejemplo, sacrificar algo que deseamos mucho, para obtener otras cosas de mayor valor espiritual o moral. Inclusive podemos aplicar esto a los vicios, negando su satisfacción por medio de nuestra voluntad para conseguir lo que queremos. Así, la persona puede decir, por ejemplo: “no fumo para...” (lo que se quiere conseguir). Esta afirmación debe repetirla mentalmente cada vez que sienta deseos de fumar.

Uno de los deseos que es necesario reprimir para encauzar esta fuerza a fines más elevados, es el de contar a otras personas aquellas cosas que sabemos a manera de “exclusividad” o secreto, con el fin de impresionarlas, o al fin de cuentas, elevar nuestra autoestima. No se trata, de ninguna manera, de no contar nada, sino de hacerlo después de un tiempo, solamente si en verdad lo queremos así, pero no para darnos importancia. También hay que señalar que es mucho más difícil que se realicen aquellos proyectos que pasan a ser de público conocimiento que aquéllos que tratamos de mantener lo más secretos posibles.

La carga de la “batería psíquica” es nuestro tono nervioso y psicológico, el cual es producido por el magnetismo que las personas acumulan y proyectan, algunas, en muy pequeña dosis, y otras, con gran potencia. Se acumula magnetismo por la respiración consciente y por todas las prácticas de autodominio y control. Demás está decir que mientras mas “magnético” es un individuo, mayores posibilidades de triunfar en la vida tiene.

Asimismo, para el estudio que nos ocupa en este momento, el yo volitivo existe concretamente bajo la forma de un fuerte campo magnético, el cual es menester vitalizar constantemente, ya que al actuar se gasta energía.

Está demás recordar que es preciso economizar la. energía que se ha conseguido concentrar, ya que el yo volitivo necesita combustible, por estar gastando fuerza constantemente, como cualquier ser viviente.

Existe una serie de malos hábitos y conflictos que provocan un gran desgaste de energía en el ser humano. La impaciencia, los conflictos emocionales, la prisa innecesaria, la rumia mental, el sentido de culpabilidad, la ira, los lamentos innecesarios o exagerados, las frustraciones diversas, el temor, el desorden, y la flojera, roban su energía al yo volitivo. El hermetista debe establecer, a toda costa, la disciplina y el orden interno, para adecuar la conducta a los fines que se desea lograr.

En relación a lo que llamamos “actuación volitiva”, hay que tener muy clara la gran diferencia que existe entre “desear” y “querer”. El manido axioma “querer es poder”, se ha desprestigiado, no por falso o exagerado, sino porque nadie jamás ha explicado cómo hay que querer para lograr lo que se desea. Solamente Jesús enseñaba a sus discípulos que “si tenéis fe como un grano de mostaza, moveréis montañas”.

En apariencia, esto nada tendría que ver con querer, pero un análisis profundo nos mostrará que Jesús no hablaba de una fe cualquiera, ya que la fe común no basta para “mover montañas”, sino que se refería, en verdad, a la “fe hermética”, la cual consta de dos fuerzas básicas:

El querer.

La creencia razonada.

El querer es el poder masculino del yo volitivo, y la creencia razonada es la energía femenina de los sentimientos. Para querer inteligentemente, hay que unir la palabra querer al resto de las palabras que forman el acróstico de los magos, esto es, saber, osar, querer, y callar, con las cuales se pueden formar las siguientes combinaciones:

Saber querer
Querer saber
Osar saber

Saber osar

Saber callar
Querer osar

Querer callar
Osar querer

Osar callar

Saber saber
Querer querer
Osar osar


Para saber querer es necesario tener muy claro qué es lo que se desea conseguir, y situar este objetivo en un alto lugar de nuestra escala de valores, con el fin de tener la motivación adecuada, que es de donde se toma la fuerza para querer.

Es preciso también, practicar cuatro “mandamientos” del hermetista, que son:

Amor.

Esperanza.

Conocimiento.

Paz.

1. Amor

Por medio de él, Dios, la inteligencia suprema, nos transmite su esencia creadora. No es solamente la atracción entre los do s sexos; es una fuerza nacida del espíritu, y que va dirigida a todo aquello que es portador de la esencia divina. No existe el amor pasional, ya que éste no es amor, es sólo una fuerza posesiva egoísta que lucha por retener un instrumento de placer. Para que se nos aclare el verdadero significado del amor hay que meditar en el axioma ama y haz lo que quieras.

2. Esperanza

La esperanza es la matriz que recoge la simiente, la desarrolla y la forma.

Es la contraparte del sexo. Es el alma femenina en el hombre y masculina en la mujer. Por medio de ella concebimos y creamos. Es el doble etérico, el cual tiene un género diferente al del cuerpo físico, es decir, el doble del hombre es femenino, y el de la mujer, masculino. Allí radica la parte de mujer que tiene el hombre, y la parte masculina de la mujer, porción de la cual es necesario desprenderse, cambiando su polaridad.

3. Conocimiento

El conocimiento es para el hermetista como la brújula para el navegante, ya que la ciencia hermética es el conocimiento de las leyes de la naturaleza, y el solo hecho de conocerlas, coloca al estudiante en un sitial muy elevado con respecto al que lo ignora todo. Debemos, por lo tanto, conocer a fondo la naturaleza, y así lo dominaremos todo. Hay que meditar en el axioma que dice que “el mago reina en el cielo y gobierna en los infiernos” (gobernar en los infiernos significa tener el poder suficiente para no ser destruido por las fuerzas infernales).

4. Paz

El estudiante debe luchar para establecer la armonía entre el cerebro, corazón y sexo, y así lograr la unificación del yo superior con el alma. Ésta es la única forma de terminar con las guerras internas que se desarrollan dentro del ser humano. Cuando la voluntad del individuo autoriza o niega a su cuerpo la satisfacción de los deseos o necesidades, con plena conciencia, será rey de su cuerpo físico, y vivirá en profunda paz, y con el poder de la paz, todo será armonía y felicidad. Será el rey del universo, pues estará en armonía con las leyes de la naturaleza.

Se adquiere el poder de la paz solamente por medio de la voluntad de mantener el control imaginativo. La imaginación descontrolada e impura es la principal fuente de inquietudes y angustias. Se disfruta de paz y serenidad sólo con la imaginación controlada, pero tampoco hay paz sin amor. Es por esto que hay que vencer el egoísmo, que es la vibración opuesta al amor.

La creencia razonada

La creencia razonada aparece en virtud de la aplicación de la teoría hermética a situaciones vitales. La observación del accionar de las leyes naturales, y la comprobación práctica de la enseñanza, confieren al discípulo una creencia ciega en sí mismo y en el hermetismo, pero no por fe, sino por la certeza absoluta de comprobación lógica y material de aquello que ha aprendido en la escuela hermética.

Mente

Ya hemos señalado que el Homo sapiens carece de mente, y que sólo tiene cerebro e inteligencia. Podríamos decir que la inteligencia “cerebral” es la inteligencia inconsciente, o sea, sin juicio interno, mientras que la inteligencia “mental” se caracteriza por ser consciente. La primera es onírica, y la segunda, vigílica. Con el fin de dar una idea elemental de los materiales básicos que el sujeto posee en estado latente, para formar su mente, nos referiremos a los tres focos vitales:

Cerebro: Inteligencia

Corazón: Sentimiento

Sexo: Instinto

Normalmente, el individuo “trabaja” con el predominio de alguno de estos centros, o con la conexión o mezcla de dos de ellos. Para los efectos herméticos, el sujeto debe aprender a “funcionar” del siguiente modo:

Ejemplo N° 1



1. Cerebro: inteligencia

Podemos distinguir tres posibilidades, o tres fuerzas de distinta vibración. Estas son:

a) la inteligencia de la inteligencia

b) el sentimiento de la inteligencia

e) el instinto de la inteligencia

2. Corazón: sentimiento

Existen también tres posibilidades:

a) el sentimiento del sentimiento

b) la inteligencia del sentimiento

e) el instinto del sentimiento

3. Sexo: instinto

Igual que en los casos anteriores, existen tres modalidades:

a) el instinto del instinto

b) el sentimiento del instinto

e) la inteligencia del instinto

Estas nueve posibilidades forman el número del hombre, y como el hombre es triple, podemos enunciar esto de la siguiente manera:

Hombre: 999

Bestia: 666 (el nueve invertido).

Es así como en el sapiens se manifiesta el número de la bestia de la siguiente manera:



Ejemplo N° 2



1. Cerebro: inteligencia

a) el sueño de la inteligencia (cerebro)

b) el fanatismo de la inteligencia (corazón)

e) la bestialidad de la inteligencia (sexo)

2. Corazón: sentimiento

a) el fanatismo del sentimiento (corazón)

b) el sueño del sentimiento (cerebro)

c) la bestialidad del sentimiento (instinto)

3. Sexo: instinto

a) la bestialidad del instinto (sexo)

b) el fanatismo del instinto (corazón)

c) el sueño del instinto (inteligencia)


Cuando el ser humano “piensa con el número 666”, no existe ninguna posibilidad de que llegue al conocimiento de la verdad, sin embargo, puede, perfectamente, ejecutar maravillosas obras de la inteligencia, las cuales estarán, sin embargo, desprovistas de la conciencia superior del bien y del mal, además, serán programadas, y por lo tanto, pueden ser tremendamente perjudiciales para el género humano y el individuo mismo (la gente siempre piensa que el bien trae, como consecuencia el bien, y viceversa, pero en la práctica, esto puede ser absolutamente diferente).

En el ejemplo N° 1, se procura que el estudiante llegue a un pensamiento integral, en el cual exista un perfecto equilibrio entre la inteligencia, el sentimiento y el instinto. La formación del yo volitivo, más las diferentes disciplinas que debe realizar el estudiante, lo llevan gradualmente a la formación de un esferoide magnético bipolar, el cual abarca desde la cabeza hasta el sexo, teniendo como punto céntrico la columna vertebral.

Este campo magnético existe realmente en el hermetista, y es la sede de su conciencia superior, fuerza que resiste a la disolución de la muerte, y a través de la cual, el individuo existe y piensa, aún sin un cuerpo físico. Observemos la analogía entre esto y nuestro planeta tierra.

Resumiendo los conceptos sobre lo que es mente, podemos afirmar que:

a) Mente es el yo volitivo.

b) Mente es una esfera magnética bipolar que se forma en el hermetista.

c) Mente es la “piedra filosofal”.

d) Mente es todo el cuerpo.

e) Mente es el super cerebro.

f ) Mente es la inteligencia celeste.

g) Mente es la integración de las facultades superiores que el ser humano tiene en estado latente.

El lector ingenuo se preguntará, probablemente, cómo es posible que mente sea una esfera magnética, si en el punto d), se dice que “es todo el cuerpo”. La respuesta es simple, ya que una cosa no contradice a la otra.



La mente, o super cerebro, es la que permito al hombre estelar alcanzar la verdadera sabiduría, aquélla del sujeto que “está más allá del bien y del mal”, la del hombre que alcanzó lo eterno; el semisabio, por el contrario, sólo acumula saber (conocimiento “muerto” o inconsciente el cual le sirve solamente para destacar en el mundo del sapiens, y para usar su inteligencia en metas temporales y limitadas). Cuando el profano piensa, lo hace con su cerebro; el hermetista, con la mente.
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#16
Tres objetivos básicos

Como ya lo hemos señalado, son la formación del yo volitivo, el despertar, y la digestión mental. Sobre estos puntos ya hemos hablado lo suficiente. Solamente queremos insistir en el proceso de la digestión mental, como lo más importante para “procesar” la información que adquirimos por medio del estudio.

Cuando aprendemos a efectuar de manera acabada la digestión mental, se abre un nuevo mundo a nuestros ojos asombrados, ya que descubrimos así el verdadero sentido de la información escrita u oral, la significación genuina del arte, la música, y otras formas de expresión humana. Esta capacidad de penetración que se alcanza a través de la mente, llega tan lejos, que no importa qué libro leamos, no interesa qué es lo que hagamos en un momento dado; siempre extraeremos sabias y provechosas lecciones, ya que aprenderemos a leer en el libro abierto de la Naturaleza.

Los animales, las plantas, los pájaros, y aun las piedras, nos hablarán en un lenguaje mudo, pero que entenderemos perfectamente. Además, estaremos permanentemente transformándonos, mediante el proceso de la comprensión, en seres cada vez más sabios y conscientes.

Esto nos permitirá ayudar a nuestros semejantes, pero no por medio de la caridad, la donación o la política, sino de un modo superior, enseñándoles a vivir sabiamente, enseñándoles a pensar y a decidir por sí mismos; mostrándoles la conveniencia de que tomen su vida en sus manos y se salven por su propio esfuerzo, ya que la era de los Mesías ha pasado; quien no se salva a si mismo, se condena. Solamente el individuo que llegó a formar su mente puede aquilatar la desmesurada importancia de este hecho.

Tres objetivos superiores

Hemos señalado tres objetivos superiores: desprogramación, muerte iniciática, y renacimiento. Los tres forman parte de un solo proceso, y representan diferentes grados de él. Programación es el conjunto de circuitos mecánicos o automáticos que gobiernan la parte biológica y psicológica del sapiens.

Por supuesto que no queremos interferir con las funciones biológicas a no ser que se trate de corregir alguna anomalía; sólo buscamos, la liberación psicológica del individuo, para lo cual, no obstante, es necesario reeducar la capacidad motriz.

Expondremos de manera muy general y simple lo que constituye la base del sistema de desprogramación: “se trata de sustituir circuitos automáticos por circuitos conscientes”. Se desprograma al individuo sometiéndolo a un reaprendizaje vigílico. Para comprender esto es preciso tener presente que los circuitos mecánicos se forman en el ser humano merced al aprendizaje.

Es así como en un momento dado, el niño empieza a caminar sin esfuerzo, en virtud de la automatización del circuito que se ha formado por la repetición del movimiento voluntario. Sin embargo, sostenemos que debido al bajo nivel de vigilia en que vive el sapiens, todo aprendizaje es de carácter onírico, es decir, no lleva incorporado un estado de conciencia superior, por lo cual, el aprendizaje general, es de tipo “mecánico”, y refuerza el programa del individuo, disminuyendo progresivamente su nivel consciente, y haciendo más escasas las posibilidades de despertar a una vigilia más elevada.

Paradójicamente, mientras más aprende el ser humano, “menos humano” se vuelve, ya que aumenta la potencia y extensión de sus circuitos mecánicos, acercándose cada vez más al robot.

Esto, como ya lo hemos manifestado, conduce invariablemente a la anulación de la genuina inteligencia y a la esclavitud o dependencia absoluta del programa. Consideramos que los tests de medición del coeficiente intelectual sólo determinan “cuán adiestrada está la inteligencia del sujeto”, la agilidad, coordinación y rapidez con que se produce la síntesis de la información neuronal.

Estas cualidades, recuerdan, en verdad, las características generales de un computador. Si existieran robots muy perfeccionados, y éstos pudieran diseñar y aplicarse mutuamente tests de inteligencia, seguramente obtendrían un rendimiento sobresaliente, pero medirían solamente la inteligencia mecánica. Estos autómatas, sin embargo, podrían aplicar su extraordinaria capacidad “intelectual” para realizar funciones de una manera mucho más rápida y eficaz que el sapiens.

Herméticamente, consideramos al ser humano un perfecto autómata, por lo tanto, negamos que su inteligencia corresponda genuinamente a lo que debe ser el intelecto superior de un verdadero ser humano despierto y consciente.

La desprogramación del individuo, que se consigue gradualmente por medio de un aprendizaje en estado de vigilia superior, da nacimiento a la verdadera inteligencia, la cual conduce a la adquisición del “conocimiento viviente”, en oposición al “conocimiento muerto” del sapiens.

Observaciones herméticas que se han llevado a cabo desde la más remota antigüedad, han permitido establecer que un sapiens no fallece necesariamente al separarse su espíritu del cuerpo, proceso que constituye lo usual, sino que en el caso de muchas personas, el cuerpo continúa viviendo como un verdadero “zombi” a pesar de haber emigrado el espíritu hacia una vida mejor.

Una persona puede vivir 30 ó 40 años en estas condiciones, llevando una vida aparentemente normal. Lo pavoroso es que nadie se da cuenta de esto; nadie sabe que está saludando, conversando, o conviviendo, con un auténtico “cadáver viviente”. Desde el punto de vista hermético, un cadáver no es aquel cuerpo físico en el que se paralizó la vida biológica, sino que es el cuerpo que carece de espíritu, ya que éste (el espíritu) es el sujeto mismo, es el verdadero yo, es el individuo real tras “la persona”.

Si no pueden reconocer un cadáver, no parece, por lo tanto, de ninguna manera extraño, que la gente no advierta que ellos mismos y sus semejantes “no piensan verdaderamente”, sino que “algo piensa por ellos”, y que esto, que constituye el motor de sus ideas, se convierte también en el timón y brújula de su existencia. Ya sabemos que “esto que piensa” es el computador central de la especie, del cual se libera el individuo cuando consigue desprogramarse.

Volviendo a las eternas paradojas, consideremos la enorme contradicción que representa el hecho de que la preparación profesional del sujeto lo limite intelectualmente en vez e ampliar el ámbito de su inteligencia; sólo extiende su programa cultural, técnico o profesional.

No existe el sujeto lo suficientemente preparado para sustraerse, en la Universidad, a la sugestión que resulta del prestigio y la autoridad de los maestros, avalados por la imponente imagen de la Universidad. Es así como el alumno acepta ciegamente todo lo que se le enseña, e imita las pautas de conducta de los instructores de mayor prestigio.

Algo absolutamente diferente ocurre en cambio con los autodidactas, quienes están por lo general, en un nivel intelectual puro superior al de los egresados de la Universidad, ya que su programación es más débil. Desde el punto de vista hermético, siempre debiéramos preferir el conocimiento autodidacta al saber conseguido por la imposición de los maestros, por lo menos mientras no se modifiquen los actuales sistemas educacionales.

Refiriéndonos nuevamente a la desprogramación, debemos señalar que existe una etapa que puede recorrer el discípulo por su cuenta, y otra más avanzada y rápida, que solamente puede ponerse en práctica con la ayuda de un maestro o instructor. La parte del discípulo se refiere básicamente a la reeducación motriz, procurando darle conciencia a los movimientos.

Esto se practica en períodos de diez minutos, repitiéndolo cuantas veces al día se desee. Es preciso moverse lentamente, pensando y sintiendo cada uno de los movimientos que se están haciendo. Al hablar de moverse lentamente debemos entenderlo como “un poco más lento que lo habitual”.

Esto significa practicar una deliberación motriz. Esto tiene como consecuencia inmediata elevar el nivel consciente, y situar al estudiante en el “momento presente”. Es preciso reflexionar en el hecho de que no existe nada que procure una sensación más fuerte de existir que el hecho de moverse dentro de un espacio. Hay que caminar conscientemente, mover las manos y brazos, la cabeza, el tronco, los ojos, pensando, y sintiendo.

Junto con este ejercicio hay que meditar todos los días en la diferencia que existe entre Yo y “Fulano de tal”. Es decir, el señor XX debe pensar que él no es XX, y mirar a XX sólo como un títere o vehículo del Yo. Hay que observar cómo XX tiene sentimientos, ideas, impulsos, temores, que en realidad “no son míos”, sino que de hecho, son absolutamente ajenos a yo mismo. Esta práctica se debe perfeccionar hasta que existan dos seres absolutamente separados, con límites perfectamente determinados, hasta que el practicante pueda decir con entera propiedad: Yo no soy XX, y estar absolutamente convencido de esto.

Otra disciplina que puede practicar el estudiante, consiste en controlar los cinco sentidos hasta ver o anular la visión a voluntad, oír o no oír, y así sucesivamente, poniendo a los sentidos bajo el control de la voluntad. Este ejercicio es de una extraordinaria importancia, pero no hablaremos sobre sus beneficios, ya que es nuestra intención que conozca el secreto sólo quien practique asiduamente.

En lo que se relaciona con la parte que se debe realizar con la ayuda de un maestro, solamente diremos que este instructor puede anular progresivamente los circuitos del discípulo para que éste trascienda lo mecánico, pero que es una tarea muy larga y delicada, la cual solamente debe conocer quien llegue a dicha experiencia.

Es mediante la culminación de esta etapa, que se produce la “muerte iniciática”, que es la disolución de “la personalidad” (en sentido hermético, es sinónimo de programa) y mediante la cual el discípulo deja realmente de existir, psicológicamente hablando, para subsistir durante el tiempo que demora su renacimiento, con circuitos básicos muy elementales, los cuales no obstaculizan así su evolución.

Después de su renacimiento se le llamará el “dos veces nacido”, y de esta manera podemos entender el simbolismo esotérico del nacimiento de Jesús, ya que se dice que su madre era virgen. En propiedad, podemos decir, que el renacido “no es hijo de mujer”.

Una vez que se ha producido el renacimiento hermético, el individuo empieza a vivir una existencia absolutamente nueva, como es la del sujeto que se ha desprogramado y liberado del computador central de la especie. Por primera vez posee una genuina autodeterminación y autonomía; su pensamiento le pertenece a él mismo; su inteligencia se ha elevado a un nivel superior, y se ha liberado de la influencia onírico-cósmica.

Asimismo, se ha limpiado su alma, volviendo a ser tan inocente y puro como un niño. Éste, y no otro, es el verdadero cielo, el cual se encuentra dentro del individuo. Dios, quien se supone que debe estar en el cielo, y a cuyo regazo se piensa que llegará el creyente que lo merezca, es, en verdad, el yo superior o chispa divina, ante cuya luminosidad el sujeto se siente intimidado a la vez que transportado a una condición de suprema paz y amor. Los ángeles en su coro luminoso elevan loas en honor de quien murió en el mundo de la bestia para renacer en el mundo de los hombres. Se ha terminado un ciclo para comenzar otro: la ascensión de hombre a semiDios.

Tres objetivos supremos

Hemos señalado tres objetivos supremos: evolución, convertirse en hombre estelar, y trascender el Maya.

Evolución, como ya lo sabemos, significa el crecimiento de nuestra esencia espiritual, liberándolo de la tiranía de la bestia. Nuestro espíritu debe crecer en “cantidad” y “calidad”. Representaremos esquemáticamente, de la forma más simple, un proceso evolutivo cumplido en un tiempo X.

En el número 1, la esencia espiritual está representada por el pequeño punto oscuro al centro, y el círculo



Queremos señalar aquí, una profunda diferencia entre el camino occidental del hermetismo y las metas perseguidas por el Yoga, donde se pretende que el individuo “se funda en el Nirvana”, es decir, se reintegre al huevo cósmico. En rigor, podríamos llamar al Yoga, el camino del huevo, y al hermetismo, el camino del espermatozoide. El yogui, por medio de un esfuerzo enorme, llega a la disolución de su individualidad esencial, la cual se ha demorado tanto en formar.

Es así come no reencarna nunca más, y se une al huevo cósmico, esperando una nueva oleada de vida. Cabe preguntarse ¿qué pasa cuando esa nueva oleada de vida llega, después de eternidades de tiempo? Nada es eterno y el liberado de la reencarnación despierta de su sueño eterno, y se ve obligado a reencarnar, y todo comienza nuevamente.

El camino hermético, es, por el contrario, la evolución consciente de la individualidad espiritual. Se trata, en el fondo, de hacer crecer indefinidamente la esencia espiritual del sujeto, para que éste, conservando siempre la conciencia de su propia identidad, evolucione hasta que el cuerpo humano, tal como lo conocemos, no le resulte suficiente para dar cabida a su enorme poder espiritual, momento en el cual prosigue su evolución en cuerpos celestes, tales como el planeta tierra u otros.

Resulta completamente imposible concebir la vida de uno de estos seres, y el imaginar cómo piensan, hablan, sienten, y se mueven. De todos modos, resulta útil observar que una esfera celeste posee un cuerpo básicamente igual al de los dibujos uno y dos, correspondiendo la esencia al núcleo, y el resto, al cuerpo físico. De igual modo, podemos conjeturar la importante diferencia que puede existir, por ejemplo, entre el sol y un planeta del sistema.

Volvamos, a continuación, con lo que significa convertirse en hombre estelar.

Para tener claro qué es un hombre estelar, debemos decir que es un sujeto que fue un sapiens en un pasado cercano o remoto. Por medio de su propio esfuerzo, logró provocar en sí mismo una mutación genética y funcional-psicológica, lo cual estableció la base para su tránsito al otro extremo del espectro evolutivo, uno de cuyos polos está representado en el homo sapiens y el otro, en el hombre estelar, nombre dado a hermetistas que han llegado a un alto nivel de conciencia.

Un hombre estelar no es necesariamente un maestro hermético de sabiduría, ya que aquélla es una difícil especialización; sólo es un hombre que habiendo trascendido su condición de “terráqueo” está apto para continuar el estudio de los grandes arcanos del Universo y elegir su destino futuro.

Hay muchos “maestros” que han realizado grandes cosas, y que poseen muchos conocimientos, pero que no son hombres estelares. Por el contrario, cuando un hombre estelar llegue a la maestría hermética, será siempre un “maestro de maestros”.

Con respecto a la especialización que puede seguir el hermetista en lo avanzado de su camino, mencionaremos solamente dos de las más importantes, siguiendo el argumento de “Zanoni”. Nos referirnos, precisamente, al camino de Zanoni y al camino de Mejnour. El camino de Zanoni es el de la alta política; el de aquellos líderes que marchan a la cabeza de la historia de la humanidad; mejor dicho, son los creadores de la historia y conductores de la civilización.

El camino de Mejnour es el del maestro de sabiduría, que es el más conocido. Sin embargo, debemos decir que estos individuos son los más escasos, y que hay poquísimos en el mundo, ya que lo extremadamente difícil de su tarea hace que muy pocos tengan la fortaleza espiritual necesaria para elegir esta senda. Aunque la gente crédula vea maestros por todas partes, éstos son muy raros y están más ocultos de lo que se piensa. Los que se muestran, lo hacen sólo persiguiendo el objetivo iniciático.

Algunos de estos maestros, no todos ciertamente, llegan a trascender el Maya, o principio ilusorio universal. Esto significa que viven por sobre “la apariencia disfrazada de realidad”, y que los acontecimientos más significativos para la raza humana, no pasan de ser, para ellos, “el flujo y reflujo del Maya”, mera ilusión que se forma sólo para destruirse y re-formarse infinita y repetidamente, tal como la marea que fluctúa incesantemente, repitiéndose siempre el mismo ciclo, con un cambio apenas infinitesimal. Con la calma suprema de la realidad absoluta, contemplan imperturbables el “circo” de la vida humana, tal como lo hacía Mejnour en la novela de Bulwer Lytton.

Cabe aquí meditar en la controversia producida entre dos “mitológicos” maestros, Cagliostro, y el conde de Saint Germain. Cagliostro, como todos lo saben, fue uno de los impulsores de la revolución francesa, y el célebre episodio del collar de María Antonieta fue directamente provocado por Cagliostro a través de Madame de La Motte, para desencadenar el proceso revolucionario.

El conde de Saint Germain, por el contrario, era partidario de mantener la realeza, y creía que la revolución sobraba. No es esto lo que nos interesa, sino la postura filosófica de cada uno: Cagliostro sostenía que la revolución provocaría un extraordinario avance evolutivo en el mundo; Saint Germain afirmaba que no existía ninguna prisa en la evolución de la muchedumbre humana, y que daba lo mismo que avanzara lenta o rápidamente, ya que la evolución siempre transcurre en círculos, es decir, se cierra un ciclo para comenzar otro.

Para comprender lo que significa trascender el Maya, debemos recordar lo que hemos dicho al tratar el principio del mentalismo:

“El Universo es mental; la única realidad esencial es mente; el Universo es una creación mental y vivimos en la mente de Dios”...

“El todo es infinito, eterno, inmutable e incognoscible; todo aquello que es finito, mudable y transformable, no puede ser el todo, y como nada existe fuera de él, todo lo finito debe ser nada realmente”.

Trascender el Maya significa entonces ser plena y totalmente consciente de lo ilusorio de todo lo finito, mudable, y transformable y haber logrado proyectar la conciencia hacia lo infinito, inmutable y eterno, es decir, Dios.

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#17
LA VIDA Y LOS PODERES DEL HOMBRE ESTELAR
Si se nos presentara la oportunidad de conocer y alternar con un hombre estelar, probablemente no seriamos capaces de advertir en él ninguna diferencia apreciable con respecto al resto de la humanidad. Nada es más risible que la semblanza física que algunos “místicos” pretenden hacer de los grandes iniciados, donde se representa a los maestros legendarios, como Jesús, Kut Humi, Moria, Serapis u otros, como poseedores de una belleza física extraordinaria, como si fueran verdaderos ángeles encarnados.

Esto demuestra, precisamente, la idealización que la gente hace de estos hombres, cuya apariencia física no difiere, en verdad, de aquélla del hombre común que podemos ver en cualquier sitio. Lo único que los denuncia a los ojos de quienes saben ver, es el aura de fuerza y poder que los rodea, sus ojos brillantes, su rostro iluminado y la vibración armónica que proyectan. Transcribiremos la interesante descripción que se ha hecho de los Rosacruces, citada por Henri Durville en su libro “Historia de la Ciencia Secreta”.

Los Rosacruces constituyeron en su época la más importante Orden Hermética, semillero de hombres estelares. Sin embargo, los verdaderos rosacruces no se muestran tan fácilmente, y la mayor parte de las veces, quienes dicen serio y pretenden demostrarlo por medio de toques o palabras de pase, no son sino vulgares imitadores que usurparon el sagrado nombre. Hay rosacruces y “rosacruces”, y el iniciado o estudiante sólo podrá reconocer a los auténticos por signos internos, y no externos.

Después de esta disgresión, conozcamos el comentario sobre los rosacruces transcrito por Durville:

“Su existencia aunque históricamente incierta, está rodeada de tal prestigio que lleva a la fuerza al asentimiento y conquista la admiración. Hablan de la humanidad como infinitamente por debajo de ellos; su orgullo es grande aunque su exterior sea modesto. Aman la pobreza y declaran que para ellos, constituye una obligación, aunque puedan disponer de inmensas riquezas.

Se apartan de los afectos humanos y no se someten a ellos más que como a obligaciones de conveniencia que impone su permanencia en el mundo. Se portan muy cortésmente con las mujeres, aunque son incapaces de un cariño y las consideran como seres inferiores. Son sencillos y diferentes en el exterior pero la confianza en sí mismos que llena su corazón, no deja de radiar más que delante del infinito de los cielos. Son la gente más sincera del mundo pero el granito es blando en comparación con su impenetrabilidad.

Cerca de los adeptos, los monarcas son pobres; a su lado los más sabios son estúpidos; no dan jamás un paso hacia la fama que deprecian, y si llegan a célebres, es a su pesar; no buscan los honores, ya que ninguna gloria humana les es conveniente.

Su gran deseo es pasearse incógnitamente a través del mundo; por esto son negativos delante de la humanidad y positivos ante cualquier cosa; auto-arrastrados, auto-iluminados en sí mismos en todo, pero dispuestos a hacer el bien en la medida de sus fuerzas. ¿Qué medida puede aplicarse a esta inmensa exaltación? Los conceptos críticos se desvanecen delante de ella. El estado de estas filosofías ocultistas es lo sublime o lo absurdo. No pudiendo comprender su alma ni su objeto, el mundo declara que uno y otro son fútiles”.

Esta semblanza dista mucho de ser atractiva o agradable, pero expresa la visión que el sapiens tiene del hombre estelar. Por nuestra parte, diremos que el Iniciado Hermetista, puede alcanzar los siguientes privilegios a lo largo de su camino iniciático:

Liberarse de los complejos y pasiones inferiores.

Liberarse del Computador Central de la especie y ser un hombre realmente despierto.

Claridad mental absoluta y equilibrio emocional.

Conocimiento de las fuerzas ocultas de la naturaleza (lo natural no conocido).

Ingreso a la élite de los verdaderos sabios. El verdadero sabio es el sabio de la mente y no del intelecto.

Sobreponerse a las eventualidades de la vida.

Conocerse y encontrarse a sí mismo.

Apoderarse del secreto de la felicidad y del amor.

Desprogramación emocional, instintiva y cerebral.

Liberarse del inconsciente colectivo o alma animal.

Unirse a la divinidad interna.

Conocer las verdades trascendentales y la verdad única, convirtiéndose en un sabio de la mente.

Liberarse del dolor y sufrimiento estéril.

Reencarnar conscientemente por medio de un “avatar”.

Conocer las causas ocultas de todo lo que existe.

Tener el poder de las vibraciones y secreto de las transmutaciones.

Alcanzar la calidad de hombre o mujer estelar, por medio de una mutación genética y psicológica.

Liberarse del Maya.

Estos poderes ponen al hermetista en un nivel muy superior al del hombre común y corriente, por lo cual, resulta una tarea muy ardua llegar a conocer verdaderamente a un maestro hermetista, ya que aun cuando seamos sus más íntimos amigos y él nos comunique sus más secretos pensamientos y sentimientos, no nos será posible, desde nuestra posición interpretarlos o evaluarlos adecuadamente, y probablemente lleguemos a conclusiones absolutamente opuestas a la verdad.

Es menester considerar la condición netamente espiritual del hombre estelar, y que todas sus facultades superiores son de índole espiritual, a la inversa de los cultores o practicantes de la magia astral, quienes no necesitan haber despertado ni menos haberse desprogramado para ejecutar sus “hechizos”. Sin embargo, es preciso advertir que el gran porcentaje de quienes se dedican a “la magia”, caen de lleno en la “magia negra”, la cual podemos definir, en una de sus acepciones, como “el uso y proyección de la energía masa del cuerpo, sin haberse desprogramado con anterioridad”.

Es decir, todos aquellos aprendices de hechiceros son, por lo general, hombres dormidos y programados, los cuales, dentro de su condición onírica han tenido la oportunidad, por X motivo, de tener acceso a la teoría hermética, y la emplean, usualmente, para satisfacer sus pasiones inferiores o vivir la agradable ficción de pasar por seres “muy evolucionados” y poderosos. A veces, detrás de estos personajes existe la sinceridad del que engañándose a sí mismo vive en la fantástica alucinación de un mundo subjetivo creado a su propio gusto.

“Magia negra” no es, comúnmente, aquélla que mata y destruye, sino más bien, la que provoca el caos y la anarquía porque sus cultores son utilizados por la bestia, de la cual no se han liberado, para sus propios y oscuros designios.

Es fácil comprender que “lo mágico”, y “lo espiritual” son dos cosas absolutamente diferentes, y que jamás se llega a lo espiritual por la vía de “lo mágico”. A la inversa, no existe ningún sujeto que en verdad sea espiritual, que no tenga acceso a “lo mágico”.

Magia sin espiritualidad es siempre magia negra.

Para comprender esto debemos recordar que espiritualidad no es de ninguna manera “adoptar” una actitud espiritual de pureza, mansedumbre y amor, sino que significa, como ya lo hemos dicho, conseguir que el espíritu se manifieste a través del propio cerebro.

Por este motivo, debemos, obligatoriamente, considerar a la Parasicología como un conjunto de fenómenos de proyección de energía, los cuales no tienen absolutamente nada que ver con lo espiritual. No se necesita ser espiritual para convertirse en médium o tener premoniciones; por el contrario, estos fenómenos ocurren en la esfera astral inferior, relacionada con lo animal y pasional del ser humano.

Volviendo a los poderes espirituales del hermetista, debemos decir que sus atributos superiores no le permiten escaparse o eludir la realidad material, sino muy al contrario, debe respetar las leyes del todo, ya que nadie puede ir contra las leyes.

Desde el momento en que vive en un cuerpo material, debe alimentarse, dormir, descansar y divertirse como cualquier otra persona; tiene que sufrir los mismos problemas de cualquier organismo biológico en un medio ambiente hostil. Los seudo libros de ocultismo han dado una falsa imagen de esto, ya que pintan al iniciado como un ser fabuloso que no necesita comer ni dormir, y que pasa la mayor parte del tiempo desdoblado en el plano astral.

Se confunde la perfección espiritual con la material, olvidando que la perfección en la materia no existe, por estar ésta sometida a constantes transformaciones. Sin embargo, el iniciado hermetista posee el secreto de las transmutaciones, y puede, en ciertas circunstancias crear o transformar situaciones vitales con el fin de aliviar problemas que lo aquejen, o ayudar a otras personas que estén en posición difícil.

El hombre estelar es el poseedor de la verdad.

Mucha gente se irrita al pensar que alguien pueda atribuirse la posesión de la verdad absoluta, estimando esto como un acto de egocentrismo y profunda arrogancia. Sin embargo, imaginemos por un momento que alguien pudiera, efectivamente, tener acceso a la verdad absoluta. Ese hombre, ¿debiera callar para siempre y ocultar su conocimiento? ¿O bien, tendría el deber de ayudar a quienes desearan llegar también al conocimiento de la verdad?

Afirmamos fehacientemente que el hombre estelar es poseedor de la verdad absoluta, y que nadie puede llegar a lo absoluto sin convertirse primero en hombre estelar.

Por lo tanto, nadie sino los hombres estelares tienen la verdad absoluta, y esto ocurre no porque alguien en particular, humano o divino, se las haya revelado, sino porque la especial conformación cerebral e intelectual a la cual han llegado merced a su mutación genética y psicológica, les permite conocer la realidad desnuda, lo cual no es factible en las condiciones oníricas que vive el sapiens.

Es menester comprender que el sapiens no posee el órgano de la verdad, sino más bien, el órgano de la ilusión o mentira. Algunos grandes maestros afirman que cuando el hombre vivía en el paraíso, conocía la verdad, aun cuando no podía aprovechar este conocimiento ya que no evolucionaba. Cuando Dios castigó al hombre con la expulsión del edén, le injertó el órgano de la ilusión, a fin de que pudiera llegar a la verdad sólo mediante el esfuerzo titánico de su voluntad e inteligencia, y no por gracia divina. Esto significa entonces que el hombre puede llegar a conocer la verdad y además evolucionar, por poseer un cuerpo físico sujeto a las transformaciones.

Ahora bien, el hecho de que un hombre estelar tenga la verdad absoluta no quiere decir ni remotamente que lo sepa todo, sino que al revés, es consciente de todo lo que ignora, pero tiene la ciencia fundamental, con la cual es posible llegar a tener el conocimiento de todo que se quiera si se dispone para ello de un tiempo prudente.

Tener la verdad absoluta significa haber llegado por sobre el esquema universal, a la unión con el todo, quien crea y sostiene la ilusión universal. Lo absoluto es lo que no cambia jamás lo que permanece siempre idéntico en su naturaleza intrínseca. Precisamente, las verdades herméticas no cambian en sí mismas, solamente es necesario saber aplicarlas de distinta manera a situaciones siempre cambiantes.

Existen tres tipos de verdad:

Verdad cósmica absoluta: (conocimiento de los misterios de la naturaleza) (el conocimiento de los 7 principios herméticos)

Verdad absoluta particular: (la verdad absoluta en relación a un problema o situación específica)

Verdad relativa: (verdad para el mundo ilusorio y mentira para la verdad absoluta)

Es desde, el punto de vista de la verdad relativa que se ha enunciado el conocido aforismo que dice que “nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”.

El hombre estelar es feliz. Su felicidad no se basa, sin embargo, en los hechos materiales, aún cuando usa de todo lo que la naturaleza le ofrece. Su felicidad se basa en la perfección, hermosura, armonía y estabilidad de su mundo interno. El mundo está lleno de gente infeliz, ya que buscan satisfacer su “hambre interna” y no saben cómo hacerlo.

Cada individuo necesita un particular alimento para su espíritu, que es el único que lo va a saciar verdaderamente, pero generalmente su ignorancia lo lleva a buscar una de estas sendas:

Los que satisfacen constantemente a su bestia sin alimentar el espíritu.

Los ascetas que renuncian a los placeres materiales, por convicción interna o por la compulsión de sus complejos. Se entregan a la búsqueda espiritual pero no consiguen la felicidad anhelada.

Losque tratando de mantener un equilibrio entre los dos puntos anteriores, no hacen sino esclavizarse a la ley del péndulo que los lleva alternativamente de una cosa a otra.

El hombre estelar llega a un perfecto equilibrio interno, y establece por partes iguales la satisfacción de su hambre espiritual y bestial, es decir, alimenta a su bestia y a su espíritu, manteniendo así una perfecta estabilidad. Por supuesto que su bestia no es aquella pervertida de la cual hemos hablado en otros capítulos, sino una bestia pura y natural.

El hombre estelar es humilde. Conoce perfectamente la enorme magnitud de lo que ignora, y al compararse él mismo con aquella inmensidad, se siente sobrecogido por su propia pequeñez.

El hombre estelar ama a toda criatura viviente. Su conciencia está en todo y todo está en él. Este sentimiento de unidad total lo hace profundamente conocedor de la naturaleza humana, y al conocer los motivos profundos de los hombres, encuentra difícil culparlos por sus errores. Nadie es capaz de dar más amor que el, porque amar es dar, y el hombre estelar es como un sol ardiente. Tal como el astro rey, él elabora energía en su interior por medio de la transformación de la materia. (Como es arriba es abajo.)

El hombre estelar es justo e imparcial. La posesión del “juicio interno” lo capacita para pensar siempre de manera impersonal, es decir, para juzgar sin que intervengan sus simpatías ni antipatías personales, ni menos su conveniencia individual. Un verdadero sabio es siempre justo.

El hombre estelar carece de pasiones. Todas sus manifestaciones instintivas, emocionales e intelectuales, son activas, es decir, autogeneradas de modo genuino. Recibe y disfruta los estímulos, pero éstos no lo obligan a sentir determinadas cosas ni consiguen esclavizarle; él goza de lo que quiere disfrutar.

El hombre estelar es superior a la muerte. Si su cuerpo físico muere, no ocurre lo mismo con su individualidad espiritual, la cual sobrevive a esta destrucción y toma posesión de otro cuerpo físico, ya sea volviendo a los claustros maternos o bien “haciéndose cargo” de un cuerpo ya crecido. Esto le permite reencarnar conscientemente, constituyéndose en un avatar.

El hombre estelar se renueva a sí mismo constantemente. Modifica cada cierto tiempo sus pautas de conducta, hasta el extremo de que sería posible, para un observador cualquiera, afirmar que no las tiene. Conoce el misterio del Ave Fénix que renace de entre sus propias cenizas, y cuando llega el momento, se da muerte a sí mismo, produciéndose después un renacimiento luminoso. Este proceso misterioso ocurre varias veces en la vida del hombre estelar, en el mismo cuerpo físico.

El hombre estelar es absolutamente indiferente a la opinión ajena. No le importa, de ningún modo, la imagen que él mismo pueda irradiar. Aún más, piensa que bajó ciertas condiciones es preferible dar una “mala imagen”, ya que así no hay posibilidades de idealización y se cuenta con amigos más sinceros. Es amistoso, pero sólo con quienes poseen contenido interno; no tolera a los superficiales, a no ser que tengan cualidades especiales en estado latente.

El hombre estelar está más allá del bien y del mal, y por lo tanto, su opinión sobre los hechos del mundo y de la gente difiere considerablemente de lo común. A veces es muy duro con el que ha cometido una falta que para nosotros puede no tener ninguna importancia, y en otras oportunidades, trata con benevolencia a quienes estimamos que merecen el peor de los castigos. Nadie conoce cuáles son sus razones, pero tengamos por seguro que su actitud no obedece jamás a un mero capricho.

El hombre estelar vive causalmente. Por tener contacto con el plano superior de las causas, él mismo es quien pone en movimiento las causas que desea que posteriormente se manifiesten en su propia vida, u otras, como efectos concretos. El vulgo debe limitarse a esperar que todo “les suceda” es decir, que aquello que llaman casualidad los favorezca de la manera que ellos esperan. Cuando esto no ocurre, deben resignarse a vivir los efectos de causas que ignoran por completo.

El hombre estelar es verdaderamente humano. Sus poderes espirituales no lo hacen apartarse de la vida, y generalmente cumple sus deberes ciudadanos y se gana la vida como una persona cualquiera. Si contrae matrimonio, procura siempre elevar a su compañera a su mismo nivel, pero si no lo logra, sabe vivir con paz, armonía y amor.

El hombre estelar no profesa ninguna ideología política; solamente es un humanista que desea que todos los seres humanos alcancen su evolución espiritual. Observemos la diferencia que existe entre revolución y evolución. La primera indica un giro que se repite cíclicamente, o sea, que todo cambia, pero que posteriormente, con el paso del tiempo, todo vuelve a ser como en un principio.

Evolución, en cambio, indica una espiral ascendente, donde se lleva a cabo una transformación profunda y no superficial. Está en contra de todo lo que combate la libertad del individuo, pero al mismo tiempo, condena el libertinaje. Considera qué para ser libre, es el propio individuo quien tiene que merecerlo y conseguirlo y no esperarlo como una gracia de la sociedad o de Dios.

El hombre estelar puede enfermarse y morir como cualquier persona, ya que su cuerpo físico está sujeto también a la ley de las transformaciones materiales. Sin embargo, puede, en la mayoría de los casos, si es que así lo desea, transmutar la enfermedad en salud, de manera progresiva y gradual.

El peligro más grande para él, reside en las causas negativas tomadas de otras personas a quienes ha prestado su ayuda en un momento dado, es decir, al karma que ha absorbido, ya que esto provoca realmente “una enfermedad de origen mental”, la cual resulta dificilísima de curar. Recordemos que Jesús no pudo salvarse a si mismo a pesar de ser el salvador de la humanidad.

El hombre estelar no es un ermitaño que permanezca aparte de los vaivenes de la vida; lejos de ser insensible, vive de un modo mucho más intenso que el común de la gente. Sin embargo, puede, si así lo dispone, ser más duro que una roca o un diamante, o por el contrario, amar con todo su ser. Emocionalmente hablando posee una sensibilidad exquisita, ya que su conciencia abarca una gama de vibraciones infinitamente más amplia que la del hombre común. Es como si poseyera un piano con un inmenso teclado, en el cual existieran miles de notas diferentes, a diferencia de la escala común.

El hombre estelar es introvertido, pero no por egoísmo, sino por la riqueza extraordinaria de su mundo interno. Su conciencia es tan rica, que le resulta doloroso apartarse de ese real cielo para actuar en este mundo material. Esto es particularmente doloroso para el maestro de sabiduría hermética, o sea, quien ha asumido la responsabilidad de transmitir el conocimiento, ya que todo auténtico Maestro es, en cierta forma, un crucificado, símbolo de JesuCristo.

Un axioma hermético rosacruz dice que “hay que descrucificar a Cristo (el yo superior) para crucificar al corazón” (lo emocional egoísta). Nadie sabe el sacrificio que puede significar para un individuo que llegó al cielo, el descender nuevamente al oscuro mundo de barro. Sin embargo, esto obedece a la verdadera sabiduría del principio de polaridad, ya que si el sujeto estuviera permanentemente en el cielo, terminaría por degenerarse al no tener obstáculo para su virtud. Es por eso que el hombre estelar vive en el cielo pero con los pies en la tierra. Como ya lo hemos dicho en otra parte de esta obra, es un “habitante de dos mundos”; vive simultáneamente en el cielo y en la tierra; es humano y divino.

El hombre estelar conoce los secretos del magnetismo universal, lo que le permite vitalizarse a sí mismo y proyectar su conciencia a su alrededor.

Todo hermetista de alto grado posee una tremenda irradiación magnética que circunda su cuerpo a la manera de una esfera energética, que es la prolongación de su fuerza mental. Este esferoide de energía magnética abarca un espacio que está en relación al desarrollo espiritual del iniciado. Se dice que JesuCristo poseía una esfera magnética tan poderosa que abarcaba todo el planeta tierra, esto provocaba una enorme influencia en la raza humana.

A través de este arcano es posible entender por qué “Dios está en todas partes”, ya que su irradiación llena todo el Universo.

El hombre estelar practica el secreto del “círculo evolutivo”. Ya nos hemos referido al “círculo del burro”, es decir, al largo camino que recorre a veces “la bestia humana”, para quedar siempre en el mismo lugar. Este circuito no le aporta ningún provecho ni evolución.

A la inversa, “el círculo evolutivo” consiste en el sabio manejo del principio de la polaridad, donde el iniciado oscila entre la tierra y el cielo, polarizándose y despolarizándose alternativamente. De este modo, conserva un equilibrio perfecto y mantiene la sabiduría de quien no alcanzó a acostumbrarse a la luz ni a la oscuridad. Sus largos viajes lo conducen siempre al punto de partida, pero habiendo evolucionado considerablemente.

Para poner un ejemplo de esto, citaremos el proceso tan bellamente relatado por Herman Hesse en “Sidharta”, donde el protagonista debe, luchar incansablemente durante mucho tiempo para poder separarse de la muchedumbre humana y poseer su propia individualidad.

Sin embargo, después de alcanzarla, debe pasar toda clase de padecimientos y experiencias diversas, para alcanzar al final, la unión con todo. Pero qué diferencia, qué abismo infinito separa al Sidharta del comienzo con el sabio del final; la evolución se ha cumplido. Si tuviéramos que transmitir esto en un aforismo simple, diríamos que el mayor deseo de quien ha caído, es elevarse al cielo, y el más fuerte impulso de quien llegó al cielo, es, naturalmente, descender a la tierra. Nuevamente debemos meditar en “La rebelión de los ángeles” de Anatole France.

El hombre estelar posee su propia moral. La moral celeste es diferente de la moral del hombre terrestre. La celeste es absoluta e invariable dentro de la flexibilidad del juicio interno, mientras que la terrestre se acomoda a las costumbres de las culturas dominantes. Si un día dominara una cultura de antropófagos, la antropofagia sería considerada perfectamente moral y correcta; aun más, tal vez se castigaría a quienes no la practicaran.

Cuando decimos que la moral del hombre estelar es invariable, no queremos significar que sea rígida, sino que a pesar de transformarse constantemente permanece intacta en su naturaleza esencial. El hermetista considera, en cambio, inmorales, muchas actitudes del sapiens que nadie condena moralmente.

La irresponsabilidad, el abuso del poder, el chantaje emocional, la abulia, la hipocresía, el conformismo ciego, la autocompasión, el condicionamiento cerebral por medio de la publicidad, la glorificación y aplauso del automatismo de la inteligencia, son, por citar sólo unas pocas, actitudes y costumbres inmorales del sapiens. La ética del hermetista es infinitamente más elevada y sólida que las acomodaticias reglas de conducta del vulgo.

El poder del hombre estelar, no emana de su “tercer ojo”, ni de “chakras” o “Kundalini”. Tampoco posee cualidades parasicológicas. Como ya lo hemos manifestado el hermetista sostiene que las cualidades parasicológicas representan solamente el “desplazamiento y proyección de la energía de la masa”, por lo cual, mientras más bestial sea el sujeto, mayores posibilidades de éxito tendrá.

Es por esta razón que las cualidades parasicológicas “funcionan mejor” cuando el sujeto está experimentando fuertes estados pasionales de tipo instintivo o emocional, los cuales intensifican o multiplican la irradiación de la energía de la masa. No existe ningún mérito espiritual en esto, sólo es una “hechicería inconsciente”. El poder del hermetista emana de su fuerza espiritual, de su pureza, del dominio de sus pasiones, de la sublimación de su energía animal, y de la rectitud de sus intenciones.

El hombre estelar puede tener grandes problemas materiales en su vida terrenal, ya que su enorme diferencia de nivel con la gente hace que ésta lo mire, instintivamente, con desconfianza y temor, al percibir un poder extraño que no sabe como catalogar.

Persecuciones y fracasos económicos pueden convertirse en graves obstáculos para el hermetista, cuyo “reino no es de este mundo”, y cuyas habilidades no son las de destacar en esta tierra donde el éxito social y económico corresponde a quienes poseen para ello una especial conformación psicológica. No obstante, a pesar de que el hermetista puede fracasar en algo, jamás lo agobiará dicha experiencia, y si se empeña lo suficiente, terminará siempre por vencer.

El hombre estelar hace el bien, pero “mira muy bien a quien”. Presta su ayuda en la medida de sus fuerzas, pero solamente a quienes, según su estimación, lo merecen efectivamente. Considera que ayudar al que carece de mérito es en verdad hacerle un mal. Si el apoyo que brinda es malgastado o no aprovechado, vuelve a darlo dos o tres veces, pero no más.

El hombre estelar puede ser una persona muy difícil de tratar, o bien, la más agradable del mundo. Acostumbrados a vivir en un mundo de mentiras, hipocresías, engaños y falsedades, es un shock para algunos individuos el alternar con el hombre estelar, ya que éste es absolutamente genuino, natural y auténtico, sin pliegues ni escondrijos de ninguna clase.

Su sinceridad puede resultar insoportable para el sujeto que se escuda tras las incontables máscaras de la personalidad. Se ha tratado de explicar la simplicidad natural de las actuaciones del hombre estelar diciendo que “cuando come, come; si piensa, piensa; cuando habla, habla; y si descansa, descansa”.

No es un ser perfecto ni aspira llegar a serlo; como ya lo hemos expresado, se trata de alcanzar solamente una “relativa perfección”, ya que la perfección absoluta no existe.

Sin embargo, al realizarse en su mutación de hombre estelar, ha terminado su ascensión al Olimpo, y es un habitante más del monte sagrado; SemiDios que no desea todavía la divinidad absoluta. No obstante, jamás terminará de estudiar los misterios del Universo, los cuales no podrá conocer nunca de manera completa.

Tal vez se piense que ésta es una senda demasiado individualista, en una época en que el mundo se vuelca cada vez de manera más acelerada hacia una estructuración colectiva. A quienes opinen de este modo, debemos hacerles notar que si una persona no adquiere primero su individualidad, no es, en realidad, sino un apéndice de la muchedumbre; nada más que uno de los elementos formativos de un circuito que a la vez es parte de la gran maquinaria.

Comprendemos que existan individuos que por haber fracasado en lo personal, pretendan fundir su indeseable yo con el colectivo de las muchedumbres, pero también tiene que existir la oportunidad de emanciparse y desarrollar un yo superior hasta llevarlo a la plena realización y madurez.

Es preciso, para entender esto, diferenciar al sujeto cuyo simple egoísmo lo lleva a un individualismo ciego y pernicioso para la sociedad de aquél que habiendo conseguido ser individual, tiene muy claros sus deberes para con la humanidad. Sólo quien llegó a ser libre puede tener una verdadera conciencia colectiva, pero conservando su plena libertad y autonomía, sin ceder su cerebro a ningún conquistador. ¡Qué diferencia existe entre estar integrado a la humanidad por incapacidad de ser libre, a unirse a ella después de haber alcanzado la libertad!

Resulta interesante considerar que el sapiens teme a la libertad, ya que ésta involucra, precisamente, lo único que no puede tener un animal que vive en rebaño: individualidad inteligente. Por el mismo motivo, procura agruparse en movimientos que no le exijan pensar o tomar decisiones. A la inversa, el camino hermético obliga al sujeto a tomar en sus manos la responsabilidad de su propia vida, en vez de transferirla a los grupos sociales.

Desde un punto de vista filosófico, podemos afirmar que “nada puede hacer por el mundo y la gente, quien no alcanza primero su propia existencia individual”. Quien “no es”, nada tiene para dar. Por el contrario, cuando el hermetista ha llegado a su plena estatura individual, está en condiciones de ayudar a la humanidad de la única manera verdaderamente eficaz: enseñándole a vivir sabiamente.

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#18
VISIÓN GENERAL
Podemos ver a través del estudio del hermetismo, como el sapiens pierde lo mejor de su vida al no poder obtener para sí mismo, valores realmente perdurables. La felicidad que busca, se le escapa de las manos, y queda sólo el goce pasajero del instante de placer. La comprensión de este fenómeno, convierte, por lo general, al individuo, en un cínico materialista, cuya principal creencia es que “hay que pasarlo bien mientras se pueda, porque después de esta vida no hay otra”.

Esta es en verdad, la meta más perseguida por la gente: “pasarlo bien”. Sin embargo, poco a poco, al ganar en años y experiencia, el sujeto se da cuenta que no ha logrado de ninguna manera la felicidad, ya que si “lo ha pasado bien”, estos momentos han sido sucedidos por otros de dolor, sufrimiento, y vacío interior. Por lo general, la gente piensa que le falta algo específico en su vida para ser feliz, y que al conseguir esto, lograrán su dicha.

Cuando consiguen la realización de su deseo y continúan tan infelices como antes, se vuelven cada día más materialistas e insensibles, o bien, se entregan a un irreal misticismo religioso o filosófico.

Nada es más temible que hacer un balance de qué es lo que se ha sacado de la vida, fuera de subsistir, sufrir o gozar, o qué es lo que uno ha hecho por los demás. El ingenuo, puede fácilmente llenar su columna del haber con sus títulos profesionales, sus posesiones materiales, su dinero, su familia o los conocimientos que ha logrado obtener.

Sin embargo, la fría realidad es que el individuo no es dueño de nada, a no ser que tenga la seguridad de que lo que posee, perdurará. Solamente puede, en las condiciones ordinarias, hacer un listado de las cosas que la vida le ha entregado en administración, y aun en ese caso, ignora el plazo de expiración de dicho mandato.

En realidad, el sujeto obtiene de la vida, para sí mismo, Sólo aquello que puede conservar indefinidamente, más allá de la muerte. Esto (el obtener algo para sí) significa darle un sentido individual a la vida; representa adueñarse de algo íntimo y personal, lo cual constituye, en buenas cuentas, el fruto de la Vida.

Cada cual debe preguntarse,

¿Qué fruto he obtenido de la vida?

¿O es suficiente conformarse con vivir?

¿Lo que yo creo haber obtenido, lo tengo realmente?

¿O puede deshacerse mañana mismo como una pompa dé jabón?

Muchos pensarán que este modo de reflexionar es muy egoísta, pero debemos pensar que es tanto o más necio el no lograr nada para sí mismo, como el excesivo egoísmo. Darlo todo a cambio del aire que se respira, y por los alimentos y comodidades que se precisan para mantener el cuerpo con vida, puede ser muy romántico y poético, pero tremendamente inconveniente, ya que representa la esclavitud eterna.

Al decir eterna, usamos esta palabra en el sentido del tiempo cósmico, que al compararlo con el terrestre, es realmente interminable. Esto lo podemos comprobar en los sueños, ya que en ese instante el individuo tiene entrada al tiempo cósmico, y es por eso que en treinta segundos terrestres puede soñar el argumento de una vida entera, desde el nacimiento a la muerte. Este mismo concepto puede aplicarse al “tormento eterno del infierno”.

Muchas personas se burlan del hermetismo, ocultismo y todo lo esotérico, pero generalmente, ninguna de ellas ha tenido una experiencia directa en la materia, y solamente hablan de oídas o por prejuicios. Algunos se sienten orgullosos de su intelecto, y se apoyan en su razón para descalificar lo hermético.

Es de esperar que quienes lo hacen así, estén absoluta y completamente seguros que razonan efectivamente, y que no caen en alguna de estas clasificaciones del pensamiento crítico:

Los que creyendo estar despiertos, sueñan.

Los que imitan ciegamente, depositando una fe implícita en otras personas, sistemas o instituciones, para liberarse del trabajo de pensar por sí mismos.

Aquéllos cuyas pasiones ocupan el lugar de la razón. Se trazan de antemano una línea, y no atienden a ninguna razón ajena ni propia que no esté dentro de esta línea, o que halague su estado de ánimo, vanidad o interés.

Aquéllos que adoran sus propias ideas como imágenes sagradas. Nuestras ideas nos pertenecen desde tiempos inmemoriales e ignoramos cómo se insinuaron sutilmente en nuestro cerebro. No permiten jamás que alguien las profane o discuta. No hay que olvidar, que por lo general, la mayor parte del razonamiento del individuo consiste en encontrar argumentos para continuar creyendo lo que ya cree.

Otros, negarán ciegamente su posible dependencia de un “computador central”, aduciendo que “ellos hacen lo que quieren” (no se dan cuenta que quieren lo que el computador central los hace querer). Basta analizar a fondo las motivaciones individuales, para comprender que todo se hace bajo una presión interna o externa. Idea, sentimiento, impulso o acción, son siempre compulsivas; jamás nacen de un supremo acto de superior y libre raciocinio.

Una razón general para sostener una idea de la propia libertad, es el argumento de mostrar una larga lista de todas las cosas que se han realizado en la vida. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿las hicimos verdaderamente, por propio deseo o nos obligaron a hacerlas a pesar de nosotros mismos? ¿Deseamos tal cosa o nos obligaron a desearla?

Existen algunas reflexiones muy simples, que debieran llevar, a cualquier sujeto que medite en ellas, a la conclusión de que la escala de valores del sapiens está tremendamente distorsionada.

Veamos algunas:

La ciencia no hace la verdadera felicidad del ser humano; sólo le brinda comodidad, placer y técnica.

La inteligencia no desarrolla ni forma “contenido” en la persona.

La naturaleza interna del ser humano no evoluciona apreciablemente durante el curso de la historia.

El hombre ignora la mayor parte de lo relacionado con su naturaleza interna.

La especie humana no tiene con quién compararse, salvo con los animales, por lo que carece de puntos de referencia en relación a su propio valer o a su verdadera posición en la escala cósmica.

Cada persona debe sacar sus propias deducciones de estos pensamientos.

Es preciso considerar que el hermetismo no se dedica puramente a mostrar “cuán mal” está el sapiens, o lo “poca cosa” que es sino que tiene un plan bien definido para la raza humana.

El hecho de señalar la verdadera posición del sapiens como “un animalito de poca importancia” ante la grandeza universal, y cuyo único valor reside en la posesión de la chispa divina, tiene un objetivo creador y no destructivo. Tratamos de que la persona, a través de la reflexión, perciba la celda sin barrotes en la que se encuentra, ya que éste es el único modo que nazca en ella el deseo de escapar.

Mientras un sujeto crea que “todo está bien”, y que él mismo “está muy bien” no habrá ninguna posibilidad de que evolucione realmente. Ésta es la causa por la cual muchos místicos sintieron nacer repentinamente su inquietud espiritual por lo general después de haber atravesado experiencias tremendamente dolorosas que obraron en ellos como un shock positivo, despertándolos de su letargo sonambúlico.

El objeto del sufrimiento es hacer que despierte la conciencia del individuo. No obstante, hay muchos tan fuertemente dormidos, que el sufrimiento sólo los embrutece aún más, resultando absolutamente improductivo.

Existen muchas personas que tienen una actitud puramente devocional hacia el hermetismo, pensando que basta “ser muy espiritual” para progresar en el camino, y que estos sujetos “espirituales” (según su propio concepto) serían los más preparados para ascender a niveles superiores. Piensan que el avance se logra por una especie de “contacto” con el cielo o con los “poderes ocultos”, o que basta sacrificarse sirviendo a la humanidad para conseguirlo todo.

En verdad, la gran “desventaja” del hermetismo reside en el hecho de que es el camino de la inteligencia pura, y si el estudiante no desarrolla su inteligencia y conciencia a los niveles requeridos, no hay evolución posible. Otra valla enorme para la gente consiste en que es preciso trabajar mucho, ya que lo hermético es el camino de la “autosalvación” y nadie quiere salvarse a sí mismo, seguramente por flojera y desidia.

Prefieren ser “salvados por Cristo”, aunque esto se verifique sólo en sus cerebros alucinados; ser salvados por la “magia”, o por los tripulantes de “platillos voladores”. Uno de los motivos por los cuáles la gente no toma la decisión de salvarse, es porque no sabe de qué es lo que hay que salvarse, pensando que todo en la tierra es como efectivamente parece ser.

Los “ocultistas profesionales” o eternos estudiantes del esoterismo, tienen siempre la esperanza de encontrar algún día a quien les abra el “tercer ojo”, por ejemplo, creyendo que en eso reside todo el secreto mágico. Para ellos diremos que el “tercer ojo” sólo proporciona visión de las proyecciones energéticas del ser humano, sin brindar, ni remotamente, el menor adelanto o progreso espiritual. Además, señalaremos también el carácter puramente simbólico de la supuesta “operación” de apertura del “tercer ojo” con la cual Lobsang Rampa escondió el verdadero misterio de lo que los hindúes llaman Maya Virrupa, cuya traducción más aproximada sería “camino de ilusión”.

El fabuloso unicornio, animal mitológico con un cuerno en la frente, representa esto mismo que estamos hablando. La persona que desee operar con su “tercer ojo”, debe desarrollar este “cuerno” en medio de la frente.

También se ha hecho mucho caudal del desdoblamiento, creyendo que su dominio corresponde a un grado de evolución espiritual. Nada más lejos de esto; es muy simple desdoblarse con extracto de “cannabis indica”, sin mérito espiritual alguno.

El desdoblamiento no pasa de ser un ejercicio peligroso y en extremo fatigante. Debemos agregar que jamás se sabe si las “visiones” que el operador pueda contemplar desdoblado, o con su “tercer ojo”, corresponden a una verdad efectiva o son solamente mirajes del éter cósmico. El eterno aforismo “como es arriba es abajo” nos confirma este hecho; si podemos engañarnos con tanta frecuencia en el mundo físico, usando sentidos que dominamos plenamente, con mucha mayor razón es posible engañarse al usar facultades de uso tan difícil y restringido.

Lo verdaderamente importante del desdoblamiento es algo de lo que no se ha hablado mucho, y podemos llamarlo desdoblamiento hermético. Consiste en la facultad de ser consciente simultáneamente en dos planos: en lo físico y en lo espiritual, en el cielo y en la tierra. Es así como el hermetista se eleva por sobre sí mismo dividiéndose en dos personas, las cuales tienen simultáneamente “los ojos abiertos”.

Se dice que de este modo el hermetista consigue el poder de los poderes, el cual es, juntar la tierra con el cielo. De esta condición describiremos solamente un fenómeno muy curioso e incomprensible para el sujeto común, y que es el de percibir simultáneamente los dos extremos.

Se trata, si alguien puede, entender esto, que el individuo estará triste y alegre al mismo tiempo, de modo simultáneo. Placer y dolor, calma y agitación, atracción y repulsión, vida y muerte, son vivenciados al mismo tiempo. No se crea que esto produce un término medio indiferenciado, sino que por el contrarío, la comprensión y vivencia absoluta de cada uno de estos estados, sin las repercusiones negativas que los extremos bueno o malo puedan acarrear. Si mencionamos esto no es con la intención de que sea comprendido fácilmente, sino más bien “intuido”.

Los admiradores del Yoga conceden tremenda importancia a Kundalini y los Chakras, pensando que es el pilar fundamental de la realización espiritual. La verdad es que ningún provecho sacaría una persona de este comentado “despertar” (de Kundalini); a lo más, una intensa euforia creativa, que nada tiene que ver con el progreso espiritual.

Debemos comprender que la verdadera evolución no se improvisa de ninguna manera, y que nadie en el Universo puede lograrla sin un proceso lento, sostenido y esforzado, de autorealización.

Hay quienes buscan con tremendo empeño conseguir “poderes mágicos”, tales como la clarividencia, por ejemplo, sin detenerse a pensar si esto sería verdaderamente beneficioso para ellos o no. Al respecto, comentaremos que una de las cosas más fáciles de lograr es lo que comúnmente se llama “videncia”. Para ello daremos la receta, aún cuando esperamos honradamente que nadie la ponga en práctica.

Basta, para ser “vidente”, hacerse “espiritista”, y tratar de desarrollar facultades mediumnímicas, lo cual es simple por medio de la sugestión colectiva que se produce en las sesiones espíritas. Al convertirse en médium, el sujeto se vuelve vidente en forma rápida, ya que es poseído por, llamémoslos así, “espíritus controles” de carácter inferior.

Tradicionalmente, en ocultismo clásico se les llama “cascarones astrales”, para designar los principios más animales del sujeto que sobreviven por algún tiempo después de la muerte, y que necesitan energía magnética para alimentarse, la cual absorben de personas vivas, produciéndose un caso de vampirismo.

El médium es tomado por estos “cascarones astrales” y éstos proyectan en su imaginación todo aquello que ellos mismos ven al encontrarse en “el mundo de los muertos”. Sin embargo, cobran un tremendo precio por esta labor, ya que al absorber las energías del médium, lo dejan exhausto, terminando generalmente por enfermar de leucemia o de cualquier enfermedad extraña que la ciencia no puede controlar.

Hemos conocido el interesante caso de un ex médium que llegó a integrarse a un nuevo grupo de personas que no profesaban el credo espírita. A ellos les contó de sus espectaculares visiones, en las cuales veía seres de la prehistoria que se le aparecían y le hablaban. Al poco tiempo, cinco o seis personas del grupo estaban “viendo” cosas muy parecidas a éstas, por primera vez en sus vidas. He aquí un ejemplo de “contagio magnético”.

Muchos de quienes han alcanzado el poder de las grandes fortunas, se burlan de las cosas espirituales, pretendiendo que no hay nada que su dinero no compre, despreciando al filósofo por creer que trata de “venderle algo”. Protegidos por sus riquezas, sienten que han llegado al pináculo de sus ambiciones. Por desgracia, no comprenden que pasado cierto límite, no hay nada, ni siquiera placeres materiales que el dinero pueda darles, y que el esfuerzo por mantener sus posesiones, consume sus mejores energías.

Cuántos cresos modernos no pueden adquirir a ningún precio un nuevo estómago que les permita disfrutar nuevamente de los placeres gastronómicos, como tampoco pueden restablecer sus energías sexuales gastadas, para poseer a la mujer que desean. Resulta irónico que no puedan gozar de aquello que el más humilde de los trabajadores está en condiciones de tener.

Una de las cosas reconfortantes de la vida es el contemplar las excepciones a esta regla, como es el caso de quienes emplean sus fortunas en obras de verdadera significación social, por lo cual, seguramente recibirán el premio de los señores del destino en su futura encarnación. Es verdad que por el mérito de las buenas acciones, los pecados le son perdonados al individuo.

Es preciso aclarar que para el hermetista no existe el pecado según su habitual concepto, sino que existe la ley de causa y efecto, y los jueces ocultos que juzgan y castigan a la gente según la responsabilidad que tienen, agrupándolos en cuatro categorías:

Las masas humanas del bajo pueblo

La burguesía media

Los grandes científicos, destacados profesionales filósofos y dirigentes

Los iniciados

Estos jueces ocultos castigan al sujeto de acuerdo a la responsabilidad, considerando que la categoría uno tiene una responsabilidad casi nula, la dos, un poco más elevada, la tres tiene mucha responsabilidad y la cuatro, de los iniciados, es considerada absolutamente responsable, por lo tanto, en caso de desviarse del camino correcto, reciben el más fuerte castigo posible, ya que están actuando con los ojos bien abiertos.

Esta condena puede llegar a la eliminación física violenta del individuo o a su “degradación” en futuras reencarnaciones.

Resulta necesario señalar que la ciencia hermética, como todo lo que existe, puede ser usada para el bien o para el mal. En sí misma es neutra, porque está más allá del bien y del mal, pero algunas de sus reglas pueden llegar a ser conocidas y mal utilizadas. Es por esto, que siempre se ha hablado de “magia blanca” y “magia negra”, como ya lo hemos señalado en páginas anteriores, y que en otra de sus manifestaciones (ya hemos hablado de una) una es constructiva y otra destructiva.

Cuando se habla de “magos negros” se piensa en una leyenda al estilo de las “Mil y una noches”, pero la verdad es que existen “magos negros” en el peor sentido de este término, y en realidad son los más encarnizados enemigos de los hombres estelares, movilizando todo tipo de fuerzas y personas con el fin de atacarlos. En oposición a los estelares, podemos muy acertadamente denominarles “abismales”.

Muchos de ellos conocen los más extraños secretos para resistir a la muerte. Alejandra David Neel relata en uno de sus libros sobre el Tibet, el horrible caso de unos sacerdotes indescriptiblemente ancianos, que se mantenían con vida alimentándose de hombres vivos que debían agonizar lentamente en un sarcófago especial, sobre la podredumbre de otros que habían fallecido antes en el mismo sitio.

En realidad, debían podrirse en vida, pero, para que el hechizo fuera exitoso, debían hacerlo voluntariamente, convencidos por los sacerdotes del extraordinario, y decisivo mérito espiritual de un supremo enfrentamiento con la muerte.

El conde Drácula no es una simple fantasía. La tradición hermética sostiene que estos seres existen realmente, y que muchos de ellos logran vivir cientos de años, a condición de beber sangre humana fresca para extraer de allí la vitalidad necesaria para renovar su propio sistema. De hecho, muchas personas practican a otro nivel un vampirismo inconsciente y absorben las energías de otras. Es así como “el machismo” y el “matriarcado” son solamente formas de vampirismo emocional inconsciente.

Dentro del tema interesa considerar a ciertos negociantes que guiados por su instinto animal, vampirizan a sus competidores, a quienes van absorbiendo gradualmente hasta que terminan por arruinarlos o anularlos. El vampirismo es un tema tan amplio que esperamos tratarlo con más detalle en una obra futura.

El mundo ignora las tremendas batallas sostenidas entre las huestes estelares y abismales. Como la mayoría de las cosas verdaderamente importantes, permanecen escondidas bajo apariencias absolutamente diferentes.

Con respecto al futuro de la humanidad, sostenemos que su mejor esperanza de salvación reside en la posibilidad de establecer científicamente nuestra teoría del “nivel consciente” de las personas. Tal vez puedan producirse en un futuro próximo, importantes avances en el campo del descubrimiento y medición de ritmos cerebrales todavía no conocidos, entre los cuales el de suprema importancia es el ritmo de la conciencia superior que aparece en personas de un alto nivel consciente, producto del trabajo hermético en si mismas.

El día que este descubrimiento sea una realidad científica los seres humanos deberán indefectiblemente, agruparse por “niveles de conciencia”. Las clases sociales e intelectuales desaparecerán, para dar paso a los niveles conscientes.

Es probable que se llegue, de esta manera, a establecer una escala del uno al diez, en que el uno represente el más elevado estado de conciencia medido entre la gente, y el diez, el más bajo. Se comprende que los niveles elevados constituirán el grupo dirigente de la humanidad, y que podrán garantizar, con toda seguridad, un mundo libre de guerras, delincuencias y pobreza, con una igualdad de oportunidades para todos, ya que todo el mundo podrá ascender en la escala consciente y llegar algún día al nivel uno.

Sin embargo, para que este sistema fuera aceptado por la gente, tendría que tener muchísimo más peso y autoridad científica que lo justificara, que el que tiene actualmente el sistema de medición de la inteligencia humana; tendría que ser el resultado obvio de una comprobación científica absolutamente clara de la teoría del nivel consciente, y cuya base se divulgara en un lenguaje sencillo al alcance de todo el mundo.

Garantizamos que este descubrimiento será lo más grande que el hombre haya inventado desde que existe sobre la, tierra; el único descubrimiento capaz de garantizar en cierta medida el futuro y la felicidad de la raza humana.

No obstante, esto provocará al comienzo, tremendos problemas entre las personas “descalificadas”, ya que nos encontraremos con la sorpresa que la mayoría de los individuos que antes pasaban por seres superiores debido a su gran inteligencia, queden, al medir su nivel de conciencia, clasificados bajo el número 5. Hombres que antes fueron grandes dirigentes, pueden quedar relegados a las categorías más bajas, al comprobar, sin la menor duda, su absoluta carencia de un estado de vigilia superior y de la condición que nace del alto nivel consciente, y que podemos llamar “juicio interno”.

A la inversa, hombres muy simples, de escasa cultura, y de una inteligencia “elemental”, ocuparán, posiblemente, los primeros lugares. En última instancia, el examen cerebral al cual nos hemos referido para determinar el nivel de conciencia, solamente establecerá el grado de “ancianidad espiritual” del sujeto, traducido a conceptos de evolución, sabiduría, y perfección espiritual.

Es así como el mundo podría ser gobernado por un “Consejo de ancianos del espíritu”, verdaderos sabios poseedores de un elevado nivel de conciencia y de un clarísimo “juicio interno”.

Mucha gente cree, basándose en antiguas profecías, o en la interpretación de supuestos mensajes contenidos en las pirámides o en antiguos documentos, que el mundo debe terminarse alrededor del año dos mil, como consecuencia de una gran catástrofe, posiblemente de tipo estelar.

Prescindiendo de la veracidad o falsedad de aquellas profecías, consideramos al ser humano como el gran factor determinante de estos fenómenos. Así, como Sodoma y Gomorra fueron destruidas por la extrema perversión de sus habitantes, el planeta tierra es influido en sus relaciones interestelares por los estados mentales, emocionales, instintivos y psicológicos de la humanidad. La conducta y el carácter de la gente influye de manera muy importante en el clima, en la vida vegetal y animal y en los fenómenos telúricos.

Cualquiera catástrofe que estuviera prevista para el año dos mil, podría anularse con un vuelco decisivo o importante en el comportamiento y en la vida espiritual del ser humano.

En esto, como en cualquier circunstancia que se trata de prever el futuro, el hermetista se interesa más por determinar el porvenir que por tratar de predecirlo.

Esperamos, que en el futuro más próximo posible, sea una realidad la medición científica del “nivel de conciencia” del hombre y que se abra de esta manera un nueva aurora para la humanidad.





A LOS LECTORES
Ha pasado mucho tiempo desde la primera edición de mi libro “Los Brujos Hablan”. (Primera parte.) He recibido miles de cartas de diferentes países, en especial de habla hispana. Quiero pedir disculpas a todas aquellas personas a quienes no he podido responder. Espero que este nuevo libro disipe muchas de sus inquietudes.

Deseo también responder por anticipado lo que constituye el tema central de la mayoría de las consultas que se me hacen, esto es, la posibilidad de que el Instituto Filosófico Hermético, del cual soy instructor, envié lecciones por correspondencia para poder profundizar el estudio del hermetismo o iniciarse en él, bajo el estudio de una dirección responsable. Al respecto, es mi deber aclarar que no existe “la iniciación por correspondencia”.

Solamente se puede aspirar, en ese caso, a seguir “el camino fácil”, lo cual, por lo demás, es de gran importancia. Sin embargo, se abre la posibilidad de que el estudiante por correspondencia pase algún día a la etapa superior del “camino difícil”, mediante un contacto personal con la escuela y sus maestros.

Esto no significa, de ninguna manera, que un individuo no pueda, si es que es aceptado debidamente, ingresar directamente al “camino difícil”, o bien, trabajar de inmediato en forma personal en la escuela, con lo que obtendrá por cierto, un avance más rápido y decisivo.

En el nombre del Instituto Filosófico Hermético, invito a todos aquéllos cuya inquietud espiritual sea de una necesidad imperiosa, a trasladarse a Santiago de Chile para unirse a nuestra escuela. Sin embargo, para esto es necesario reunir algunas condiciones primordiales de tipo espiritual y material. Lo espiritual no puede asentarse sobre lo espiritual, sino que debe, obligadamente tener una base material.

Es preciso, antes que nada, efectuar un contacto por carta, haciendo la consulta pertinente a su posible ingreso personal a la escuela, dando toda clase de datos sobre sí mismo. El postulante debe ser mayor de edad y poseedor de una buena cultura general, no tener defectos físicos graves ni enfermedades incurables. Debe gozar de perfecta salud y equilibrio mental y poseer los medios necesarios para su adecuada subsistencia económica.

Debe estar dispuesto a renunciar a todo aquello que pueda constituirse en una barrera insalvable para su evolución espiritual y a abrazar el camino hermético como un apostolado para toda la vida. Resulta indispensable señalar que éste no es un camino para los desesperados de ninguna clase, salvo para aquéllos que padecen de la angustia de la incomprensión y de la sed del espíritu. El postulante no debe tener problemas con la sociedad y su relación con la vida debe ser buena. Quien mantiene una mala relación con el mundo no puede destinar su tiempo, o parte de él, a labores del espíritu.

Es mi deber advertir que una gran cantidad de postulantes son rechazados, por no reunir los requisitos necesarios, de manera que la simple solicitud de ingreso no indica, de ningún modo, una segura aceptación de nuestra parte.

Ruego dirigir toda correspondencia a Casilla 14.675, Santiago de Chile, “Instituto Filosófico Hermético”, indicando si se desea instrucción por correspondencia o personal.

Envío a todos los lectores mis mejores deseos de superación y evolución espiritual.

JOHN BAINES

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